MITOS NACIDOS DEL SILENCIO

Cuando hay buena voluntad -y un mínimo de conocimientos- es posible hablar de los temas más complicados sin tirarse los platos a la cabeza, y este artículo es prueba de ello. Un gran amigo, Nazar Oliynyk, historiador ucraniano experto en temas vascos –sí, sí, curioso pero cierto –, me invitó a participar en un el seminario científico España y Europa Oriental: el alejamiento geográfico y la proximidad cultural que se celebró en Leópolis, hoy Ucrania. Eso fue allá por 2010. No se me ocurrió mejor idea que presentar una ponencia sobre un tema bien delicado. Quizá si lo hubiera hecho un polaco o un ucraniano habría habido escándalo. Lo único que ocurrió en este caso fue que se abrió un debate muy interesante y noble.

MITOS NACIDOS DEL SILENCIO: LOS BRIGADISTAS POLACOS Y LA MASACRE DE VOLYN

El proposito de este artículo es reflexionar sobre las consecuencias que el silencio –forzado o buscado– ha tenido en la aparición de varios mitos en la historia de España, Ucrania y Polonia. Existen puntos en la historia de Europa, y más en concreto en la de estos tres paises, en los que la falta de información verificable anadida a la inexistencia de debate provoca, cuando este podria ser ya posible, una situación más comparable a una guerra de hinchas de futbol que a un dialogo sereno.

Escribió Paul Johnson que la Guerra Civil Espanola es quizá el episodio del siglo veinte sobre el que más mentiras se han vertido (1). A la vez, es este pasaje de nuestra historia que decidimos de común acuerdo silenciar y pasar página durante la transición a la democracia, si bien hace ya algunos años que esta omerta ha sido rota.

Encontramos, sin embargo, capitulos igualmente o más sangrientos en Europa Centro-Oriental acerca de los cuales, esta vez por imposición externa, el debate ha sido imposible durante decenios.

Mitos siguen apareciendo hoy dia. En si, esta afirmación no conlleva un juicio positivo o negativo: dependera de su veracidad o falsedad y también de las intenciones de sus autores. Pueden ser provocados con intenciones politicas poco claras. Podemos encontrar ejemplos muy recientes de como se construyen: basta con recordar los días en que, después de la catastrofe del avion presidencial polaco en Smolensk, numerosos medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de la espontanea empatia del pueblo ruso y de sus dirigentes, que hizo posible incluso emitir en la Federación Rusa la ya célebre pelicula de Andrzej Wajda “Katyn”.

El primer ministro Putin también (algunos días antes), había dejado claro que reconocía que los responsables del crimen de Katyn eran, sin lugar a dudas, el NKVD y los maximos mandatarios soviéticos del momento. Muchos medios menos captaron, pues era noticia para el fuero interno ruso, que se ha referido también a la matanza como a una venganza por la muerte de “treinta y dos mil prisioneros bolcheviques” a manos de los polacos tras la Guerra polaco-bolchevique de 1920, aquel fallido intento soviético de encender la hoguera de la revolución en toda Europa. Esos “asesinados”, que nunca fueron tales, no importaron a la URSS hasta 1989, cuando Polonia recupero su independencia y por fin se pudo hablar libremente del asesinato masivo de sus oficiales en 1940. En ese momento, cuando Gorbachov advirtió que el tema habia dejado de ser un tabú, dio la orden de fabricar un “anti-Katyn”. La suerte prisioneros desaparecidos a causa de la escasez imperante en la recién resucitada Polonia habría más bien que equipararla a la de los que cayeron en manos del Ejército Rojo, y no a un crimen perpetrado con intenciones genocidas como fue Katyn (2).

Por supuesto, mucho más sencillo es construir un falso mito en condiciones de monopolio informativo, que es la situación actual de la Federación Rusa, salvo gloriosas excepciones y aparte de internet, que continua siendo un medio muy marginal.

No es casual, por lo tanto, que numerosos episodios mitificados de la historia del siglo XX hayan tenido lugar en territorios ocupados por la extinta Union Soviética o en satélites de esta: Katyn, el Holodomor o el Levantamiento de Varsovia (éste sofocado por los alemanes, pero silenciado por los comunistas), eran temas cuya sola mención en publico acarreaba serias formas de represión.

Naturalmente, en la España de la posguerra también el lado vencedor impuso su visión de los acontecimientos bélicos y del periodo que precedió a la confrontación. Pero más adelante, cuando se disolvió la dictadura, se estableció ese acuerdo no escrito que instaba a pasar página sin referise más al periodo más dramatico de nuestra historia de los ultimos siglos en nombre de la concordia general. Puede hablarse por lo tanto de un silencio pactado.

Bien distinto y a la vez específico resulta el caso del desconocidísimo conflicto polaco-ucraniano y, en concreto, el más desconocido aún episodio de la masacre de Volyn de 1943–1944, al que nos referiremos más adelante.
Querría centrarme ahora en la influencia y actualidad que diversos viejos mitos poseen tanto en España como en Polonia y Ucrania. No se trata aquí de anunciar nuevos descubrimientos sino de advertir la influencia que esos largos años sin debate han ejercido en la memoria nacional.

Las Brigadas Internacionales desde una perspectiva polaca

En España, una vez roto el pacto de silencio (3), la derecha sigue tratando por todos los medios de evitar que se la estigmatice como sucesora del regimen franquista, mientras la izquierda intenta identificarse con una II Reública democrática y ha sido la primera en abrir fuego después de varios decenios de tregua, contando también con un arma importante: si en España el tema era tabú (4), en el extranjero la situación era bien distinta y la guerra propagandistica habia sido ganada ampliamente por el bando republicano, que podía apoyarse en la simpatia del Komintern y en numerosos intelectuales europeos que fortalecieron en el imaginario popular la imagen de una democracia brutalmente aniquilada por el fascismo (5).

Prueba de este pánico de la derecha fue la concesión en 1996 por parte del Congreso de los Diputados, con la venia del Partido Popular, de la ciudadania espanola a los brigadistas internacionales que lucharon del bando republicano durante la Guerra Civil si renunciaban a su nacionalidad de origen (6). La Ley de Memoria Historica de 2007, por su parte, ampliaba la concesión de la nacionalidad espanola a todos los brigadista que lo desearan (7). Este estereotipo de los “luchadores por la causa de la democracia” ha sido repitido como una mantra durante decenios tanto en trabajos científicos como en la literatura de ficción.

Pasemos la “cuestión polaca” y en parte ucraniana presente en este hilo: generaciones enteras que han digerido Por quien suenan las campanas de Hemingway, han leido y seguramente admirado al “general polaco” que tenía fama de ser uno que “no se agachaba cuando venían las balas” – Karol “Walter” Swierczewski. La perspectiva de Polonia y Ucrania Oriental viene a ser la opuesta: podria parecer a primera vista que se debe solo a diferencias ideologicas o de mentalidad, pero la razon es más sencilla: la verdad sobre personajes como Swierczewski y otros miembros “polacos” de las Brigadas no podía ser conocida sino muy parcialmente en España, por falta de acceso a los información de primera mano. A la Polonia comunista no le iba a interesar dar a conocer, por ejemplo, el papel de “Walter” en la guerra polaco-bolchevique, donde participo del lado soviético, que fue apoyado totalmente por el Partido Comunista Polaco (KPP) de entreguerras. Era oficial de alto rango en la NKVD y puede decirse con propiedad que era soldado soviético y no polaco (8). Tampoco se conocerían episodios algo más anecdoticos y vergonzosos, como que, efectivamente, no se agachaba frente a las balas, pero eso se debía al uso abusivo del alcohol, que también le llevaba a comportamientos tan extravagantes como a salir al campo de batalla sin pantalones (9). De su “genio” militar podrian contar los supervivientes a su mando en la batalla de Vizma, donde partió con diez mil y acabo en unos días con varias decenas. Los habitantes de la Ucrania Occidental de hoy tampoco poseen un recuerdo grato de Swierczewski, quien desempeñó un papel importante en la preparación de la operación “Vistula”, por medio de la cual los comunistas polacos dejaron las nuevas fronteras del país “limpias” de ucranianos, que
fueron unos repatriados (más bien expatriados) a la URSS y otros enviados en grupos no muy numerosos al interior de Polonia, lejos de su tierra de origen (10).

Tampoco podria llegar a España información sobre el poco honroso papel de los brigadistas polacos en la posguerra (11). Por supuesto, una vez evacuados de España, en 1939 pocos movieron un dedo para ayudar a su “patria”, atacada por el III Reich y por los soviéticos, pero sí se dedicaron con firmeza a establecer el nuevo régimen a partir de 1944, y si bien pocos de ellos llegaron a hacer carrera a su regreso, puede afirmarse que su mito de “luchadores por la libertad” fue alimentado por el aparato de indoctrinacion (12).

Puede, en resumen, afirmarse que con certeza eran valerosos soldados, pero desde luego su objetivo no podía ser “luchar por la democracia” en un país extranjero cuando trataban al propio de manera no sospechosa, sino abiertamente enemistosa: basta con observar en que su bandera, junto al tradicional motto del romanticismo insurgente polaco “por nuestra libertad y la vuestra”, se podía leer “CCCP de Polonia”. Ademas, no les importó en absoluto perder la ciudadania polaca, pues eso previó el gobierno de Polonia para aquellos que se inmiscuyeran en los asuntos internos de países terceros (13). De hecho, tras el conflicto, Polonia se opuso al retorno de los brigadistas al país, pues -además de no considerarlos a la luz de la ley ciudadanos propios, no le interesaba acoger lo que quiza consideraba como una quinta columna en un momento de tan alta tensión con sus más poderosos vecinos (14).

El silencio sobre el conflicto polaco-ucraniano

Visto desde fuera puede parecer extraño, pero pasados ya 65 años del fin de la II Guerra Mundial, la historia sigue minando las relaciones entre dos de los países más extensos de Europa Centro-Oriental: Polonia y Ucrania.
Durante el periodo de dominio comunista, todo movimiento independentista en el bloque o cualquier tipo de actividad social, cultural, etc. no controlada pasaba rapidamente a ser fascista o inspirada por el “podrido Occidente”, como solía ser denominado tras el telón de acero. Por ello, tanto el Ejército Nacional polaco (Armia Krajowa) como el Ejército Insurgente Ucraniano (Ukrayinska Povstanska Armia) fueron declarados fascistas y colaboracionistas con el Ejército aleman y cualquier episodio que dejara en mal lugar la actuación del Ejército Rojo y pusiera en entredicho su acción “liberadora” dejaba de existir (como ocurrio con Katyn y el Holodomor) o se manipulaba con objeto de descalificar al adversario del “pueblo” (caso del Levantamiento de Varsovia) (15).
Sin duda, el episodio más doloroso de la desconocidisima guerra ucraniano-polaca y el que más emociones despierta es la “masacre de Volyn”: “en total, en los años 1943–1947 murieron entre ochenta y cien mil polacos y entre diez y veinte mil ucranianos. En la región de Volyn las proporciones son ya escalofriantes – del lado polaco puede que hubiera hasta cincuenta o sesenta mil victimas, y del ucraniano – no más de dos o tres mil”, escribe el profesor Grzegorz Motyka (16). La “acción antipolaca”, como es denominada a veces con cierto eufemismo en Ucrania, comenzo en 1943 por decisión de parte de la cúpula de la Organización de los Nacionalistas Ucranianos (OUN) en Volyn y la Galitzia oriental, zonas que antes del comienzo de la guerra formaban parte de la II Reública Polaca habitadas en su mayoria por ucranianos, aunque con numerosas colonias de polacos esparcidas por la región. El brazo militar de la OUN, el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), se propuso y consiguió liquidar físicamente al enemigo u obligarle a huir de la región y no hubo atrocidad que no se cometiera: con arma de fuego, hacha, azada o cuchillo se aniquiló a hombres y mujeres, ancianos y recien nacidos. Los sacerdotes católicos fueron víctimas de un ensañamiento especialmente cruel. De entre los caídos ucranianos, miles lo fueron de manos de sus compatriotas por negarse a colaborar en las matanzas o por ayudar a polacos. Las descripciones de los crímenes, cometidos no solo por partisanos, sino muchas veces también por los propios vecinos, son pavorosas. Hubo represalias por parte del Ejército clandestino polaco, en ocasiones también realizadas de forma excepcionalmente brutal (como en el pueblo de Pavlykoma), pero, se mire como se mire, resulta imposible equiparar los daños (17).

La forma de abordar la cuestion difiere mucho en ambos paises, lo que dificulta aún más la conversación. Mientras que los polacos fueron eliminados y perdieron esos territorios por decisión de Stalin, por los ucranianos Volyn es considerado como un episodio más -aunque aceptan que vergonzoso – en el mar de sangre de una guerra a tres bandas contra soviéticos, alemanes y polacos (¿qué son cien mil caídos frente a los millones del Holodomor? –se preguntan). Por un lado, a los ucranianos les gustaría más que la historia de la UPA fuera más inmaculada y prefieren centrarse en su lucha de resistencia contra el comunismo. Por otro, también es cierto que en Polonia a veces se peca de exageración planteando el periodo de entreguerras como unos años de pacífica y maravillosa coxistencia, cuando es más cierto que el pacto de Riga tras la guerra bolchevique supuso una traición a los aliados ucranianos, que se quedaron sin su deseado Estado, y que los ucranianos eran más bien ciudadanos de segunda categoría. Desearían olvidar episodios tan poco honrosos como la destrucción de iglesias ortodoxas en Volyn y el paso obligatorio de los fieles al catolicismo (si bien nunca todo eso conllevó víctimas de ningún tipo) (18).

Las controversias del periodo bélico se refieren también la forma de juzgar la actuación de representantes de la Iglesia, siendo paradigma el caso de Andrei Szeptyckyy. Este Siervo de Dios, arzobispo metropólita de rito bizantino de Leópolis desde 1900 hasta 1944, fue personaje clave para la nación ucraniana durante la primera mitad del siglo pasado, aunque él mismo procedia de una familia aristocrática polonizada y romanocatólica desde el siglo XVIII (de hecho, su hermano Estanislao fue general del Ejército polaco). Sin embargo, en Polonia su figura despierta cierto recelo, principalmente por su comportamiento durante la II Guerra Mundial y la matanza de Volyn, muchas veces de forma infundada: de entrada, era difícil que su mensaje conciliador llegara allí donde prácticamente solo habia fieles ortodoxos. Por lo demás, solo buscaba un modus vivendi con los ocupantes y en sus cartas tanto a Hitler como Stalin venía a decir que respetarán los ucranianos las nuevas leyes mientras no vayan contra las divinas (19). Quiza lo que más les repele a los polacos es que era uno “de los suyos” y se convirtió en “pastor de campesinos y popes” (a lo que hay que añadir que se entrevé un tono despectivo hacia los polacos cuando Sheptytskyy escribe sobre ellos en minúscula, cuando las reglas ortograficas del polaco mandan comenzar con mayúscula los gentilicios nacionales).

Que las heridas de hace setenta años sigan sangrando puede parecer chocante, pero tiene su explicación también en el silencio: los dramas del siglo pasado no pudieron ser analizados ni fue posible encontrar soluciones similares a la amistad franco-alemana, ni llegar a momentos tan magnánimos como la firma de la carta “Perdonamos y pedimos perdón” de los obispos polacos y alemanes. El sempiterno conflicto polaco-ucraniano, que acabó en tragedia en los años 40 del siglo pasado, tiene numerosas causas y fue además aprovechado por otras potencias para su propio beneficio durante la II Guerra Mundial (especialmente y con un criminal cinismo por la Alemania nazi). Se trataba de un conflicto principalmente étnico, también con sustrato social, político y religioso. Se convirtio en un tabú durante la era comunista: todos pasaron a ser hermanos que convivían en perfecta paz y harmonía bajo la protección del hermano mayor soviético. La forzosa “amistad” a la que obligó la presencia del Ejército Rojo a todos los países que se encontraron al Este del telón de acero tuvo como consecuencia que los rencores –algunos seculares– pasaran a la esfera privada, si es que es posible hablar de privacidad de cualquier tipo bajo el yugo soviético. Eso dio lugar a la aparición de eufemismos curiosos, cuyo testimonio pervive hasta hoy: es el caso de los numerosos monumentos existentes en Polonia (y especialmente en Varsovia), que recuerdan los numerosos crímenes cometidos durante los años de ocupación alemana (1939–1944), perpetradas por unos indefinidos “bárbaros hitlerianos”. Con esta manipulación linguistica pretendia justificarse la nueva hermandad con los alemanes orientales, que debían ser considerados como antifascistas.

Situación actual y conclusión
Los últimos años han dejado un balance positivo en las relaciones entre Polonia y Ucrania. Se ha escrito en muchas ocasiones que el desaparecido presidente polaco Lech Kaczynski era un personaje de trato difícil e incapaz de ceder. Pero pasaba en Occidente totalmente desapercibida la visión de Europa Centro-Oriental que defendía y su paciencia en el trato con los mandatarios ucranianos, hasta el punto de que había en Polonia quien consideraba que traicionaba a la memoria nacional cuando no protestó cuando su homónimo ucraniano, Viktor Yushchenko concedió a los máximos dirigentes de la OUN y la UPA el titulo de “Héroes de Ucrania”. Lo que venía a sostener era que la prosperidad y la seguridad de Polonia pasan por una Ucrania independiente y fuerte.
También hay que decir que a muchos ucranianos molesta una cierto trato paternalista por parte de los polacos, que veían en Ucrania algo así como un cordón sanitario para protegerse de Rusia, aunque es cierto que a veces Polonia parecía más interesada que la propia Ucrania en que esta se occidentalizara.
Tras el cambio de guardia en ambos países cabe esperar una congelación en el dialogo político. El actual presidente polaco, Bronislaw Komorowski, ya dejó entrever antes de convertirse en Jefe de Estado que no hará nada que pueda dañar las relaciones con la Federación Rusa, incluso llegando a poner monumentos a aquellos que invadieron el país en 1920 (20). Sin embargo, en otros campos, como el académico y el religioso, podrá avanzarse a pesar de las dificultades. Posiblemente, la mayor de ellas consista en que la propia Ucrania es un país profundamente dividido.
Como prueba de lo problemaáico de la situación actual del país sirva la penúltima polémica provocada por el actual presidente, Viktor Yanukovych, que en su mensaje con ocasión del día de la Soberanía afirmó que durante fue durante la era soviética cuando “Ucrania puso las bases de su potencia económica y cultural, sin las que la independencia sería imposible” (21).
A pesar de declaraciones de este tipo, como sostiene el profesor Myroslav Popovych, jefe del Instituto de Filosofía de la Academia Ucraniana de las Ciencias, en Ucrania ni siquiera Yanukovych siente nostalgia por la URSS: “Todo es cosa de politica exterior. El presidente quería que le oyeran en Moscu. Y aunque en Zaporoze, al Este de nuestro pais, han levantado un monumento a Stalin, los ucranianos a diferencia de los rusos no echan de menos el imperialismo y el culto a los dirigentes de la URSS y el apoyo a nuestros comunistas baja cada vez más” (22). Aún así, es complicado mantener un debate interno serio en un país donde conviven hoy regiones cuya experiencia historica es totalmente diversa, y más aún dialogar con un país extranjero. En el caso de los ucranianos, los historiadores que buscan la objetividad tienen un mérito doble, pues se trata de una nación que consiguio su anhelado Estado independiente en 1991, tras un siglo de frustraciones, y sigue en busca de un mito fundacional.

En lo que a España se refiere, se ve que el silencio, que ha llevado a la ignorancia, tampoco ha resultado buen aliado, pues siempre habra alguien con mala voluntad que se aproveche de la situación. Se ha llegado a una polarización muy fuerte que busca más acabar con el contrario que con sus argumentos.

1 Johnson P. Tiempos modernos. Buenos Aires, 2000. P. 406.
2 Zychowicz P. Zapomniani polscy jeńcy 1920 roku, en: Plus Minus, Rzeczpospolita, 23.10.2009.
3 Sobre la ruptura del “pacto de silencio” hablan autores que representan muy distintos puntos de vista sobre la Guerra Civil y la posterior dictadura, y suelen hacerlo al comienzo de las publicaciones. “.¿No es hora de descorrer el velo que la Transición nos obligo en su momento a correr?” – Presentación de Javier Ruiz Portella en La Guerra Civil: ¿dos o tres Españas? Paul Preston, Sergio Romano, Nino Isaia, Edgardo Sogno, Edición Javier Ruiz Portella, Ediciones Altera, Barcelona 1999. Menciona también la “amnesia” Bartolomé Benassar en el prólogo a su libro El infierno fuimos nosotros. La Guerra Civil Española (1936–1942…). Madrid Editorial Santillana, 2005.
4 Senala Hugh Thomas que “en cuanto a España, la guerra civil parecía muerta tanto histórica como políticamente. Ahora hay que hacer un esfuerzo de imaginación para recordar la atmósfera intelectual de 1936 (…) El pasado reciente era un tema tan prohibido como el futuro inmediato”, en Hugh Thomas, prólogo a La Guerra Civil Española, Grijalbo Mondadori, 2001 (primera versión de 1961).
5 Davies N. Europe: A History. Oxford and New York 1996. P. 501. El ejemplo mas conocido es el de Ernest Hemingway y su Por quien doblan las campanas, aunque el escritor fuera también conocido por su gusto por el lujo y las fiestas con representantes del “otro lado de la barricada”.
6 Real Decreto 39/1996, de 19 de enero, sobre concesión de la nacionalidad española a los combatientes de las Brigadas Internacionales en la guera civil española. Boletín Oficial del Estado. N. 56/1996, 5090.
7 Ley 52/2007, de 26 de diciembre, Boletín Oficial del Estado n. 310/2007, 22296.
8 Davies N. Op. cit.
9 Marek J. Chodakiewicz. Zagrabiona pamięć: Wojna w Hiszpanii 1936-39. Varsovia, Fronda, 1997. P. 93–94
10 Polak P. Przeszłość należy do historyków, O stosunkach polsko-ukraińskich w PRL. Entrevista con Igor Halagida, Biuletyn Instytutu Pamieci Narodowej, nr. 8, Varsovia, septiembre 2001.
11 Es digna de mencion, sin embargo, la existencia en la España de Franco, incluso antes de la aparición de Radio Free Europe, de la emisora Radio Madryt, sección polaca en Radio Nacional de España, y que fue dirigida por Józef Łobodowski.
12 Sobczak K., Kozłowski E., Wyszczelski L. pod red. Tarczyński M., Malanowska H., Hiszpańska Wojna Narodoworewolucyjna 1936-1939 i udział w niej Polaków. Varsovia, Wojskowy Instytut Historyczny im. Wandy Wasilewskiej, 1986.
13 Dziennik Ustaw Rzeczypospolitej Polskiej nr 60 del 11 de julio de 1932, nr 571: Kodeks Karny.
14 Marek J. Chodakiewicz. Op. cit. P. 90.
15 Davies N. Powstanie 44. Cracovia, Wydawnictwo Znak, 2004. P. 662.
16 Motyka G. Zapomnijcie o Giedroyciu: Polacy, Ukraińcy, IPN, en: Gazeta Wyborcza, 24.05.2008
17 Cfr. Motyka G. op. cit.; cfr. Siemaszko E. Bilans zbrodni, Biuletyn Instytutu Pamięci Narodowej nr. 7–8, julio-agosto 2010.
18 Siemaszko E. Przemiany relacji polsko/ukraińskich od polowy lat trzydziestych do II Wojny Światowej, Biuletyn Instytutu Pamięci Narodowej, nr. 7–8, julio-agosto 2010. P. 64.
19 Marynovych M. Mytropolyt Andrey Sheptytskyy: Test dla Yevropy, prólogo a la edición polaca de: Busgang J. Mytropolyt Sheptytskyy. Shche odyn pohlad na zhyttya y diyalnist. Lviv, Instytut relihiy ta suspilstva krayinskoho Katolyts´koho Universytetu, 2009.
20 Nowak F. Ossow to rosyjski Katyń?, en: Rzeczpospolita, 19.08.2010.
21 Discurso de Viktor Yanukovych con ocasión del Día de la Soberanía de 2010 (http://tsn.ua/ukrayina/yanukovich-osnovi-nezalezhnosti-ukrayini-bulizakladeni-v-srsr.html)
22 Entrevista del autor con el profesor Myroslav Popovych, enero 2010.

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