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Las cosas solas no se arreglan

diciembre 7, 2009

A modo de introducción, un chiste de antes de la caída del comunismo:

En la clase de Juanito entra la directora del colegio con un visitador del Partido que quiere comprobar el grado de adecuada concienciación política de los niños.

– ¿Cual es el mejor amigo de Polonia? -pregunta a Juanito (la directora traga saliva porque Juanito a veces tiene unas salidas poco correctas y se teme lo peor).

– ¿La República Democrática Alemana?

El rostro de la directora se va haciendo amarillo.

– Bueno, la RDA es amiga, claro, pero el mejor amigo es otro país más grande. ¿Cual es?

– ¿Checoslovaquia?

La directora se va volviendo violeta y el visitador se va poniendo nervioso.

– Más grande todavía…

– ¿China?

La dire está al borde del desmayo.

– Juanito, ¡es la URSS!

– ¡Ah! Pero la URSS no es nuestro amigo ¡es nuestro hermano!

La directora aliviada vuelve en sí y el visitador da también muestras de contento.

– Juanito ¿cómo caíste en eso? – pregunta.

– Los amigos se eligen, los hermanos no…

A pesar de la incontestable mejora de las relaciones entre polacos y ucranianos en el último decenio, siguen quedando algunos escollos en el camino hacia la plena comprensión de unos por otros. No puede ser de otra manera cuando ha habido tanto sufrimiento de por medio, ignorado luego durante decenios.

El largo conflicto polaco-ucraniano, que acabó en tragedia en los años 40 del siglo pasado, tiene motivos étnicos, sociales, políticos y religiosos, y que fue además potenciado por otras potencias para su propio beneficio durante la II Guerra Mundial (especialmente por la Alemania nazi), se convirtió en un tabú durante la era comunista: todos pasaron a ser hermanos que convivían en perfecta paz y harmonía bajo la protección del hermano mayor soviético.

Y sin hablar de las cuestiones escamosas, es difícil que éstas se resuelvan solas. De lo que ahora se trata, ya en libertad, es en muchos casos de saber reconocer los propios errores y de saber tender la mano y, siempre, de buscar la verdad aunque ésta duela.

Ahora se trata del arzobispo grecocatólico de Leópolis (L’viv para los ucranianos y Lwów para los polacos) , Andrzej Szeptycki, cuya memoria reivindican los ucranianos mientras algunos ambientes en Polonia la estigmatizan, no sin motivos. Seguramente no se le pueda negar a Szeptycki buena voluntad y ambición en sus planes proselitistas, pero cometió también errores de fatales consecuencias.

Seguiré escribiendo sobre el tema…

63 días

agosto 1, 2008

Dentro de un par de horas, los habitantes de Varsovia dejarán todo, absolutamente todo lo que tengan entre manos… para escuchar como suenan todas las sirenas de la ciudad. 1 de agosto, 5 de la tarde, la hora W. Hoy es el aniversario del Levantamiento de Varsovia de 1944. No es un episodio más de la II Guerra Mundial, es la mayor operación del Ejército del que quizá haya sido el mayor y mejor organizado movimiento clandestino de la historia: el Estado clandestino polaco, que funcionaba bajo dos ocupaciones (nazi y soviética) con inusitada eficacia y en contacto con el Gobierno en el exilio. Todo funcionaba: los ministerios (departamentos) de educación, de justicia, de correos, de obras públicas, … y el Ejército, claro.

Se encontraron los alemanes de la noche a la mañana con 20.000 soldados en una ciudad en la que obligaba la ley marcial. Peor armados, pero con una determinación enorme, y eso es lo único que explica que un alzamiento preparado para unos cuantos días se prolongase tanto: 63 interminables jornadas.

200.000 muertos, entre ellos la flor y nata de la juventud polaca; la ciudad arruinada y a continuación incapaz para oponerse a la ocupación soviética. ¿Eran conscientes de lo que hacían los insurgentes? Las discusiones de los historiadores llegan hasta hoy. Los altos mandos del Ejército Nacional tenían un grave dilema: si no hacían nada, mal, porque los alemanes usarían Varsovia como un fortín para defenderse del Ejército Rojo; y si actuaban, también mal, porque sabían que, de fracasar, condenaban una ciudad entera al exterminio. Pero quizá la mejor pregunta hay sido la formulada por Norman Davies: ¿qué pasó para que los los Aliados durante 63 días no acudieran en ayuda de Varsovia? Una ayuda a la que Polonia, como Primer Aliado, tenía absoluto derecho.

En cualquier caso, para los polacos el Levantamiento es ya un mito nacional, conmemoran algo que les puede llenar de orgullo y saben hacerlo de forma atractiva, con ingenio para transmitir también a los más jóvenes los altos valores que guiaban a los combatientes de entonces, que eran jóvenes, insultantemente jóvenes para la valentía de la que hicieron gala.

Además del atractivo y muy moderno Museo del Levantamiento de Varsovia (cuya aparición, por cierto, sirvió mucho al entonces alcalde Lech Kaczyński en su carrera a la presidencia de Polonia), el etos del Levantamiento se llevó también a otros campos: como el disco super-éxito de ventas del grupo Lao Che de hace cuatro años, Powstanie Warszawskie, que puso la batalla en punk-rock. Simplemente impresionante. Hoy también habrá conciertos, gymnkanas y un largo etcétera.