Archive for the ‘Putin’ category

Me extraña que se extrañen

abril 21, 2010

Antes de ponerme a escribir sobre teorías de la conspiración, me apoyo en Norman Davies, que en su monumental “Europa” nos dice que conspiraciones ha habido menos de las que dicen aquellos que ven detrás de todo una mano negra, y más de las que querrían los que las niegan en conjunto.

Pasó el primer shock emocional tras la catástrofe de Smolensk y va dejando espacio libre en el cerebro para que las neuronas vuelvan a moverse a velocidad de crucero, ya con Lech Kaczynski enterrado en Wawel. Después de unos primeros días en que todo han sido halagos para la ayuda rusa, poco a poco han ido haciéndose hueco voces que no estaban tan de acuerdo con lo que nos han contado hasta la fecha. (más…)

Apuntes sobre la guerra del gas

febrero 9, 2009

Una vez firmado el nuevo contrato entre Gazprom y Naftogaz, en presencia de Yuliya Tymoshenko y Vladimir Putin, el gas vuelve a correr sin obstáculos hacia Europa. El nuevo acuerdo tiene una validez de diez años, pero después de la tensión sufrida durante las tres primeras semanas de enero pocos son los que pronostican un largo periodo de tranquilidad energética. Merece la pena repasar los acontecimientos porque han quedado numerosos puntos oscuros en esta “guerra del gas”.

Refleja bien lo turbio de la situación la respuesta de Katinka Barysch, del Centre for European Reform de Londres al diario polaco Dziennik sobre las causas del conflicto, en una entrevista publicada el 8 de enero: “No tengo la menor idea y nadie en Bruselas la tiene. Desde el comienzo de esta crisis Moscú y Kiev hacen todo lo posible para que no sepamos de qué van estas negociaciones”. Evidentemente, deben ser motivos del más alto interés si llevan a la Federación Rusa a dar pasos tan radicales que en la URSS de Brezhniev no podían ser ni siquiera tomados en cuenta.

Ucrania en tiempos de Leonid Kuchma recibía gas por el precio de 50$/1000m3. “Eso era un sinsentido”, afirma Oleh Krykavskyy, experto ucraniano en asuntos energéticos de la consultora Gide Loyrette Noeul. En ese tiempo otros países, como Polonia, pagaban por el gas unos 300 dólares. “El precio tenía que subir, lo que pasa es que nuestra industria no estaba preparada, especialmente la química, en la que el gas constitye el 80% de los costes. Fue un mazazo. A partir de entonces sólo se podía ser competitivos gracias a los bajos costes laborales”. El momento elegido para subir el precio no respondió a una casualidad, tuvo lugar tras la “revolución naranja” que encumbró a Yuliya Tymoshenko y Viktor Yushchenko y vino precedido de una semana sin suministro que obligó a los nuevos mandatarios a capitular: se firmó un contrato renovable cada año, el precio quedó fijado en 175$ por cada 1.000 m3 de un cóctel de gas procedente de Rusia y de Asia Central y 1,7$ para Ucrania por cada 100 km de tránsito de 1000m3 de gas. Apareció además un oscuro intermediario del que Ucrania compraría el gas: RosUkrEnergo. Oficialmente esta empresa pertenece a Gazprombank en un 50%, en un 5% a Ivan Fursin y en un 45% a Dmytro Firtash, multimillonario ucraniano dueño del canal televisivo Inter. Es difícil demostrar qué intereses representa el último, aunque un chiste ucraniano dice que “la pronunciación correcta del apellido Firtash es Mogilevich” – reputado boss de la mafia rusa, ahora encarcelado.

El pasado invierno, con Yanúkovich de primer ministro, Gazprom no vio motivo alguno de discordia. Las cosas cambiaron una vez volvió Yuliya Tymoshenko a ocupar el sillón de premier. Pero los motivos expuestos por la gasística rusa para cortar el 1 de enero el suministro a los consumidores ucranianos dejan muchas dudas: la crisis comenzó según Gazprom debido al impago de 2.4000 millones de dólares, de lo que Naftogaz reconocía sólo la mitad. Si no se pagaban el precio a partir de enero sería “de mercado”, llegándo las exigencias a los 450$. Era lógico que el precio siguiera subiendo, pero no había motivo para poner ningún ultimatum. “Eran cuestiones técnicas, no tan difíciles de resolver”, comenta Alexey Huppal, redactor de la revista especializada Energo-Biznes.

Poco claros era también el presidente de la Federación Rusa, Dmitriy Medvedev, y Alexey Miller, presidente de Gazprom, cuando hablaban del paso de Ucrania al “precio de mercado centro-europeo”. “No existe tal cosa”, sostiene Oleh Krykavskyy. “¿Es ese el precio que paga, por ejemplo, Alemania por el gas noruego?. No hay un sólo precio de mercado. Alemania, por ejemplo, paga menos a Gazprom por ser un cliente que consume mucho. Eslovaquia y Hungría pagan más, al ser sus necesidades mucho menores. Ucrania debería tener también un precio asequible, porque compra grandes cantidades de gas y es el principal país de tránsito”. Además, “el gas natural no es un artículo de libre mercado, sino de precio reglamentado. Se puede hablar de libre mercado en USA y Canadá, pero no aquí”, concluye.100_07161

Así las cosas, después de cortar el gas a los ucranianos el 1 de enero por supuesto impago de deudas, varios días después, en una escena teatral grabada por las principales televisiones rusas, Putin mandó a Miller de suspender totalmente el suministro de tránsito por tierras ucranianas. La excusa era esta vez que el país vecino robaba gas dirigido a otros países y la orden suponía dejar sin líquido azul a numerosos países. Naftogaz rechazó las acusaciones, alegando que se seguía cumpliendo hasta la fecha el harmonograma de entrega de gas a terceros países y que el único gas que se estaba “perdiendo” era el llamado “gas técnico”, que sirve para hacer presión en el gasoducto y hacer posible el tránsito. Gazprom pretendía que Naftogaz comprara ese gas a 230 dólares, y éste sostenía que no puede pagar por un gas que sirve al negocio ruso, no a Ucrania, y que además ese precio sería absurdo si se mantuviera el precio de tránsito de 1,7 $ por 1.000 metros cúbicos cada 100 km. Tampoco se sostienen las acusaciones del Kremlin de robo si tenemos en cuenta las enormes reservas de gas de Ucrania. En cualquier caso, Putin siguió el juego y trató de montar un consorcio europeo que comprara ese gas técnico, lo cual era serviría para conseguir el control sobre los gasoductos ucranianos. No alcanzó este objetivo y Europa, que no estaba interesada en encontrar al culpable sino en la resolución del problema, seguía sin el 80% de suministro de gas, que sólo recibían los países conectados al gasoducto que atraviesa Bielorrusia. Las hostilidades alcanzaron su momento cumbre y Putin exigió el envío de observadores europeos a Ucrania.

Pero existen otros puntos de vista. Alexander Huppal es audaz en sus afirmaciones: “¿Guerra? ¿Qué guerra? Rusia tiene gas, Ucrania tiene gas,… y la Unión Europea no tiene gas. No ha habido ninguna guerra, por lo menos no entre Rusia y Ucrania”. Ciertamente, la situación en las calles y fábricas de toda Ucrania era de la más completa normalidad, al contrario de lo que ocurría en esos mismos momentos en otros países como Eslovaquia, Bulgaria, Hungría y Moldavia. “Ucrania estaba muy bien preparada, había llenado sus depósitos de gas y, es más, los rusos eran conscientes de ello. Ucrania ha sido sólo un pretexto para cerrar el grifo”. Ucrania no tuvo problema en enviar gas en dirección a la Unión Europea hasta la interrupcion definitiva del envío de gas por parte de Rusia, y luego pudo incluso abastecerse a sí misma y a Moldavia. También se disponía a suministrar gas a Bulgaria, pero no se llegó a ello. El presidente de Naftogaz, Oleh Dubina, preguntado por el motivo en una rueda de prensa, respondió que “principalmente, por causas técnicas”. Ese “principalmente” deja entrever que había razones políticas encubieras, posiblemente presiones desde Moscú.

La impresión una vez finalizado el conflicto es de que Rusia pretendía conseguir demasiados objetivos a la vez, y de algunos de ellos eran contradictorios: humillar a Ucrania por el curso occidental que siguen apoyando los “naranjas” y mostrarla a Europa como un compañero de negocios poco fiable, tomar el control de los gasoductos que recorren Ucrania con ayuda de un consorcio “europeo” en el que estuvieran involucradas sus filiales en la UE, enseñar los músculos a Europa y conseguir a la vez apoyo para sus proyectos gasísticos (los gasoductos North Stream y South Stream).

La última escena del drama, la de la resolución del conflicto, también levanta numerosas sospechas. Después de la definitiva reunión con Tymoshenko que resolvía la crisis, Putin aseguró que las deudas estaban ya solventadas. “¿Llevaba Tymoshenko el dinero en el bolso?”- bromea Huppal. No falta quien, empezando por el presidente Yushchenko, afirma que el acuerdo entre Gazprom y Naftogaz supone una capitulación ante Moscú. No le falta razón, pues en el primer trimestre de este año pagarán 360$ por cada mil metros cúbicos, incluyendo un descuento del 20%. Eso explícaria las felicitaciones del primer ministro ruso y de todos los medios de comunicación dependientes del Kremlin dirigidas a la dama de hierro ucraniana, que hasta no hace mucho se encontraba en la lista de enemigos públicos de Rusia.

Aunque sea cierto que en el momento de más elevada tensión el presidente y su primer ministro mantuvieron la misma posición, sobre el contrato no hay unanimidad de opiniones entre los propios políticos ucranianos. Es difícil que sea de otra manera, si tenemos en cuenta la compleja situación política del país a menos de un año de las elecciones presidenciales y con los tres principales candidatos (Yúshchenko, Tymoshenko y Yanúkovich) inmersos en una lucha política en la que todo vale. Yushchenko no podía ver con buenos ojos que su rival volviera al país con la gloria de haber resuelto por sí sóla el conflicto. En el curso de los últimos días el presidente ucraniano ha llegado a acusar a la primer ministro de traicionar a su país con un contrato humillante y caro, quizá a cambio de apoyo en la campaña electoral.

Pero el propio Yushchenko no queda libre de sospecha, y en cualquier caso, Yuliya Tymoshenko tiene las ideas clareas: “RosUkrEnergo sirve a los rusos para corromper al establishment ucraniano. Es una estructura del mercado gris que ha corrompido a los más altos funcionarios de Ucrania”. Acusa además de recibir dinero de RosUkrEnergo tanto a miembros del partido “azul” de Viktor Yanukovich como a personas del entorno del presidente Yushchenko. Para ella, deshacerse del intermediario en el nuevo contrato ha sido un éxito personal.

La contienda ha tenido un importante factor mediático. Parecería que en este punto los cálculos no le han salido bien al duo Putin-Medvedev a pesar de partir con una gran ventaja: todos los principales medios de comunicación rusos están a su servicio, mientras que en la propia Ucrania la mitad (y más, si hablamos sólo de las televisiones) pueden considerarse rusófilos. Y no sólo eso, sino que disponían del potente lobby de Gazprom en países de la UE. Fundamental en este punto ha sido la hábil gestión en Bruselas de Borys Tarasiuk, ex-ministro de asuntos exteriores de Ucrania que ahora preside la comisión ucraniana de integración europea.

Ha quedado también de manifiesto el cinismo de los mandatarios rusos. Han acusado en numerosas ocasiones a Ucrania de emplear su posición de país de tránsito para chantajear a la Unión Europea. Podría ser, pero pocos han caído en que es incluso peor el juego que ellos practican en Asia Central con países como Turkmenistan, por ejemplo: quien quiera comprar el gas a este país no puede hacerlo directamente, ya que Rusia adquiere todo su gas en la frontera, dictando el precio de compra, y luego lo vende a terceros, igualmente a su antojo.

Sin duda, la reputación de ambos países ha salido mal parada del envite, pero es innegable que Kiev contra todo pronóstico ha resistido esta prueba de fuerza. Es más, quizá intentando humillar al enemigo, Putin se haya disparado a su propio pie. Quienes más sufrieron las consecuencias de la disputa han sido precísamente los que eran hasta la fecha los más leales socios de la Federación Rusa en Europa: Eslovaquia, Serbia, Hungría,… “Es pegarle a los propios para que los ajenos se asusten” – comenta Huppal, citando un conocido proverbio eslavo. Esta vez quizá el golpe fue demasiado fuerte y especialmente Hungría ha pasado a engrosar la lista de fervorosos partidarios de la construcción del gasoducto Nabucco, que transportaría gas desde Asia Central a Europa pasando por Turquía y haría menor la dependencia del gas ruso. De todas formas, en Gazprom son perfectamente conscientes de que la realización de los proyectos North Stream y South Stream es cada vez menos probable debido a su elevado coste y poca fiabilidad, sobre todo en tiempos de crisis económica.

(publicado en Aceprensa con una ligera mejora estilística)

Más zar que nunca

diciembre 3, 2007

No había lugar para sorpresas y no las hubo. Putin puede gritar aún más alto “l´état c´est moi” después de ganar unas elecciones cuyo resultado siempre fue seguro. Y no importa qué cargo ocupe cuando deje la presidencia porque seguirá gobernando.

Tenemos a un Putin más poderoso, pero -como bien señala Pawel Reszka en el diario Dziennik- es el zar de un museo. Hubo quien se dejó encandilar por este oficial de la KGB (y muchos aún siguen en sus trece), que apareció repentinamente como salvador y restaurador del poderío ruso tras la resaca nacional de la era Yeltsin.

No ha sido así, por muchos lujos que puedan admirarse en Moscú. La Historia le pasará factura, y ésta será bien larga porque no ha llevado a cabo reformas indispensables para las que estaba capacitado y para las que poseía recursos: el ejército es un caos, la corrupción galopante llega a todas las esferas (desde el sistema judicial hasta la universidad, pasando por la seguridad social, el mundo empresarial o la omnipresente en las calles milicia) y Rusia, pasando a cuestiones demográficas, se parece cada vez más a un asilo de ancianos.

El respeto que el país despierta es comparable al que provoca la entrada de un nuevo rico en un restaurante. Su poderío depende exclusivamente del precio del gas y del petróleo: demasiado efímero para construir una superpotencia.

Estoy en condiciones de imaginarme dentro de algunos lustros a la economía de los EE.UU liberada de los lazos del oro negro. Sencillamente, son emprendedores y capaces de encontrar otros recursos si las cosas se ponen realmente feas, aunque deban pasar por una crisis seria. En Rusia esa posibilidad no existe.

Hacerle mimos al oso

diciembre 3, 2007

No me huele bien este asunto. El gobierno de Tusk ha dado en política internacional dos pasos que nadie le pedía y que no se esperaban siquiera sus más cercanos colaboradores, o al menos no en este preciso momento.

El primero ha sido declarar que Polonia no bloqueará el ingreso de Rusia en la OECD. Entiendo esta posición aunque no la comparto. Tusk envía al Kremlin una señal amistosa ya al principio de su gobierno. Lo que me parece altamente inadecuado es el momento elegido: justo antes de las elecciones a la Duma, cuando la milicia de Putin arresta a Kasparov y a varios destacados disidentes del zarato.

En esa misma línea se encuentra el mensaje del viceprimer ministro Pawlak, lanzado un par de días después también en dirección Este, en el que exponía ni más ni menos que la apertura sin condiciones del mercado energético polaco a las empresas rusas. Yo no tendría problema en liberalizar la energía si desconciera cómo emplea Moscú el gas y el petróleo para subyugar a sus vecinos.

Rusia es como es. Polonia no va a cambiarla de la noche a la mañana y está claro que hay qye arreglárselas de alguna manera para hacer negocios con ella sin salir perdiendo. Vale, mejor estar a buenas con Rusia, pero no a cualquier precio, así que espero que Tusk no siga una política de claudicación: mal andaríamos si, por ejemplo, sacrificara el apoyo a la democracia en Ucrania y Georgia -de las que Polonia es el principal abogado en la UE- buscando un compromiso cómodo a corto plazo.

Nadie ha dicho que las cosas serán fáciles. Tusk y Sikorski (su ministro de exteriores, que sí que sabe cómo se las gastan los rusos: luchó en Afganistán contra ellos al lado de los muyahedines) tienen un hueso duro de roer. Los dos saben bien que dificilmente la UE tomará partido por Varsovia en caso de necesidad, pero la solución para salir bien parado no es mandarle besitos al oso, a no ser que haya un mínimo de reciprocidad.

Intrigante o sospechosa resulta también la evolución del Partido Campesino Polaco del viceprimer ministro Pawlak. Hace algunos años se referían a las inversiones extranjeras realizadas durante la época del gobierno de Buzek (Acción Electoral Solidaridad) “liberalismo extremo en interés de la oligarquía extranjera”, que convertirá a Polonia en una “semicolonia blanca, con consecuencias catastróficas para el Estado y la Nación; ha cometido una traición a los intereses nacionales” (traduzco de un artículo de Maciej Rybiński, un periodista de los que tienen buena memoria). Uff. Pues que alguien me diga a qué oligarquía pueden servir las nuevas ideas de Pawlak.

Esperanza (con reparos)

octubre 3, 2007

La nueva alianza de los “naranjas” puede no bastar para estabilizar Ucrania

Yuliya Tymoshchenko y los suyos tienen motivos para felicitarse: aunque el Partido de las Regiones obtuvo un mayor número de votos (un 35% frente al 33% del BYuTy), será ella con toda probabilidad la primer ministro del próximo gobierno de coalición con la agrupación apoyada por el presidente. El propio Yushchenko debe sentirse aliviado, ya que “Nuestra Ucrania – Autodefensa Popular” logró el doble de votos que se le pronosticaban (un 14%), así que tendrá un mayor margen de maniobra de cara al futuro.

El nuevo gobierno continuará el viraje hacia Occidente, si bien muchos vaticinaban que con Yanúkovych de premier no habría demasiados cambios en este sentido. Pero el que la política exterior sea más pro-europea no necesariamente conllevará una rápida normalización del país, tanto social como economicamente.

Anatoliy Romanyuk, director del Centro de Análisis Políticos de la Universidad Ivan Franko de Lviv, realizó un análisis sociológico de los parcipantes de la revolución naranja. De él se desprende que son jóvenes en su mayor parte y con mejor formación intelectual que sus oponentes, por lo que son más difíciles de manipular: “no confiamos en ningúna fuerza política”, era una afirmación que solían repetir. Eso y las ganas de cambiar el país son condiciones indispensables para sacar a Ucrania del marasmo en que se encuentra, pero no es suficiente. Como demuestran los acontecimientos de los últimos dos años, las ambiciones personales de los líderes han impedido llevar a cabo reformas eficientes, y la corrupción y el abuso de poder no han desaparecido de la escena política.

De los países del antiguo bloque comunista, quizá sea Polonia el que mejor refleje que no bastan las buenas intenciones y la juventud para desembarazarse de la pesada y pegajosa herencia del comunismo: a partir de 1989, no han faltado mandatarios provenientes de “Solidaridad” que sucumbieran ante las tentaciones del poder. Si eso era así en los países satélites de la URSS, la situación se presenta mucho más complicada en las antiguas repúblicas soviéticas, dónde los destrozos morales fueron mayores. Se necesita una enorme determinación para sanear la vida pública a nivel nacional y local, y eso lo han echado en falta los ucranianos en estos dos últimos años, muchos de los cuales prefirieron  aprovechar el buen tiempo del 30 de septiembre para pasear en lugar de ejercer su derecho al voto.

No obstante, es innegable que Ucrania ha mejorado mucho desde la retirada de Kuchma. Ya no existe, por ejemplo, la policía fiscal que hacía pagar a los empresarios impuestos de cantidades totalmente arbitrarias usando en caso de resistencia métodos brutales. Los periodistas no tienen tanto que temer, aunque siguen censurándoles textos incómodos. Y a pesar de que resulta complicado encontrar una empresa en la que no posean una doble contabilidad, también lo es que, especialmente en el Oeste del país, cada vez son más los que se deciden a abandonar la economía sumergida: “si ven que su dinero sirve para gastos concretos y buenas inversiones, pagan los impuestos cada vez más personas”, comenta Romanyuk. Añade un dato interesante: en Galicya, la zona más Occidental de Ucrania y bastión de los naranjas, siendo la región más pobre en recursos, es sin embargo la más emprendedora, a pesar también de que de allí salen la mayor parte de los emigrantes del país: el 80% de los ingresos estatales proviene de pequeñas y medianas empresas y el 20% de grandes, mientras que en el Este la proporción se invierte.

Suele decirse que los “naranjas” simbolizan el nacionalismo ucraniano y los “azules” el acercamiento a Rusia, pero en todos los partidos importantes del país había candidatos y patrocinadores de nacionalidad rusa, aunque en mayor cantidad en el Partido de las Regiones, así que en el Kremlin el resultado de los comicios lo interpretan con razón como un traspiés para sus ambiciones de controlar lo que ocurre en Kiev. Por supuesto, Putin y su sucesor seguirán disponiendo de un importante arsenal para dominar Ucrania, sobre todo en lo que se refiere a materias primas, en especial gas y petróleo, pero pierden el control sobre las almas de los ucranianos, que miran con cada vez menos recelo a la Unión Europea y con más distancia a Moscú. El problema es que en la Unión pocos quieren comprometerse a ayudar a Ucrania aparte de Polonia, su principal valedora en la arena internacional.

Esta evolución de la de mentalidad no ha sido para nada promovida por los políticos y se nota especialmente desde los acontecimientos de Kiev en 2005. Se advierte especialmente en las relaciones con Polonia, que deja de ser vista (incluso por los mismos “azules”) como un “agente de los EE.UU, de la OTAN y del Vaticano” para convertirse en un vecino más o menos amistoso al que le interesa que Ucrania prospere. El cambio da motivos para un moderado optimismo. Así las cosas, acontecimientos tales como la Eurocopa de fútbol de 2012, que se celebrará en parte en Ucrania, pueden significar mucho, tanto para los ciudadanos de a pie como para los políticos, ya que incluso a los más euroescépticos les será más difícil pronunciarse en contra de la integración con el resto de Europa.

(publicado también en Aceprensa)

Катынь – Katyń

septiembre 25, 2007

El oscareado director Andrzej Wajda fue dejando Katyń para más tarde un año sí y otro también hasta que vió que se iba acabando su tiempo en este mundo y no pudo más. En las primeras críticas uno puede encontrar de todo, aunque son en su mayor parte muy positivas. Lo que está claro es que este sombrío episodio del estalinismo tenía que aparecer antes o después en la cinematografía polaca y mundial.

Puede que haya quien se extrañe, se escandalice o incluso acuse de martirólogos a los polacos por andar aún hurgando en las heridas que dejó la II Guerra Mundial. No me parece justo en absoluto. Primero porque en la Polonia comunista, hasta 1989, con sólo mencionar la palabra “Katyń” podía uno dar con sus huesos en la cárcel. El Gran Hermano de Moscú impuso la ley del silencio.

En segundo lugar ¿por qué Polonia (que movilizó el tercer mayor contingente de soldados entre los aliados y que tuvo seis millones de pérdidas humanas durante la Guerra, que se dice pronto) va a tener que honrar menos a sus héroes que otras naciones europeas? Lo primero que hace cada presidente francés cuando jura su cargo es poner una ofrenda floral en el lugar donde murieron treinta y tantos miembros de la resistencia francesa durante la liberación de París. ¡Treinta y tantos! En fin, sé que las comparaciones son odiosas, pero si hemos de ser ser serios hay que decir que tuvieron que buscar a sus paladines de la libertad con lupa. Sólo en el levantamiento de Varsovia contra los nazis murieron alrededor de 200.000 polacos. Y por cierto, éste era otro episodio tabú hasta 1989, ya que la insurreccíon se fue al garete entre otras cosas porque Stalin no sólo no movió un dedo y dejar desangrarse al Ejército Nacional de Polonia, sino que además no permitió a los aviones aliados a aterrizar en el territorio ocupado por el Ejército Rojo y auxiliar desde allí a la capital en llamas. En resumen, que si los polacos tienen de qué y de quién gloriarse dejémoslos en paz.

Volviendo a los bosques de Katyń, Charkow, … , lo que allí ocurrió fue un intento de dejar a Polonia sin cabeza, sin inteligentsia, asesinando con un tiro en la nuca a más de veinte mil oficiales (junto a médicos, sacerdotes, abogados, …, oficiales también de reserva). Por primera y única vez en Rusia fue reconocido el crimen por Yeltsin. Ahora Putin, como buen antiguo KGBista, vuelve a velar por la gloria del imperio con los mismos métodos de propaganda que antes: acusa a los polacos y a su presidente, durante el viaje de éste a Katyń, de nacionalismo y de tratar de enmascarar con este ataque otros supuestos crímenes propios (en concreto de la guerra polaco-bolchevique de 1920) y la televisión rusa llega a cuestionar la autoría soviética de la matanza. De cine, aunque menos mal que ahora gracias a Wajda.