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Acabemos con “Bolek” de una vez

julio 27, 2008

A veces vale la pena no precipitarse. Mejor callar y que por un momento piensen que eres ignorante a hablar y confirmarlo. Por eso he preferido leer con calma Lech Wałęsa. Przyczynek do biografii (Lech Wałęsa. Un aporte a la biografía), el libro al que hace unas se ha dedicado un sinfín de desvariados artículo antes de que nadie, ni siquiera en Polonia, pudiera echarle una ojeada porque no había sido publicado. La verdad es que la discusión ha amainado desde que el libro se puso en venta: punto por punto caen todos los argumentos que se utilizaron para desacreditarlo.

En resumen, el libro demuestra algo que en Polonia era archisabido desde hacía años: que Lech Wałęsa fue colaborador secreto (tajny współpracownik) del Servicio de Seguridad de la Polonia comunista entre los años 1970-76. Los autores aportan pruebas de ello, entre las que se encuentran informes sobre compañeros suyos de los astilleros. Wałęsa fue cada vez menos obediente a las fuerzas de seguridad hasta que cortó definitivamente con ellas. Luego, cuando su actividad fue haciéndose más opuesta al régimen,  la policía secreta volvió a interesarse por él: primero para tratar de recuperarle, y cuando no pudieron, como objetivo a perseguir. Gontarczyk y Cenckiewicz analizan el modo en que la SB trató de crear conflictos internos en Solidaridad y de servirse de los que ya existían, usando por ejemplo los papeles de Wałęsa para descreditarle. La jugada no salió bien. Más adelante vieron en otras personas (los Gwiazda, Kuroń y otros) un enemigo peor y creyeron que con Wałęsa al frente del movimiento tendrían más posibilidades de ganar la partida: gracias a Dios, no tuvieron buen olfato. Otro punto importante, del que desgraciadamente Wałęsa no sale limpio, son los años 90, en los que, abusando de su posición de presidente de la República, robó de los archivos estatales documentos que le concernían. A pesar de sus intentos no consiguió eliminar los rastros de su colaboración con el régimen en sus años jóvenes.

Después de esta introducción, y para ser claro desde el principio, lo peor de esos artículos que criticaban el libro en la prensa Occidental a finales del pasado junio, como por ejemplo De la memoria a la infamia, de Hermann Tertsch en ABC, no es el más absoluto desconocimiento de la forma de funcionar de la policía secreta comunista y de la realidad polaca desde 1990 – algo perfectamente comprensible en cualquiera que viva a más de cien metros al oeste del Oder – sino la condena a priori, sin pruebas y sin testigos de los historiadores Cenckiewicz y Gontarczyk (porque los periodistas de Gazeta Wyborcza, principal defensor de Wałęsa en esta ocasión, tampoco habían podido por esas fechas siquiera ojear la publicación) y la comparación de su libro con los métodos de la policía estalinista. Discúlpenme, esto sí es una infamia.

Se usa también como definición de la obra la palabra linchamiento. Encuentro la acepción muy desacertada. En primer lugar porque a Wałęsa no se le ha caído un pelo (ni física, ni económica ni moralmente hablando). Wałęsa sigue saliendo del libro como héroe de Solidaridad. Si acaso, linchamiento puede ser el que se lleva propiciándose el propio ex-presidente polaco desde 1990 con sus actuaciones y declaraciones: egocéntricas, ambiguas y contradictorias. ¿Cómo explicar que una vez dice “nunca vi mis papeles”, luego “vi mis papeles, pero eran fotocopias” y más adelante publica parte de esos “papeles” en internet? ¿Cómo se entiende que a partir de 1990 se rodeara de los mismísimos oficiales que le vigilaron durante toda la década anterior? ¿Cómo interpretar la sustracción ilegal de los documentos acerca de “Bolek”, que era el pseudónimo del agente con el que se le identificaba?

Esto viene también a cuento de otro de los reproches de Tertsch a la investigación de las actas comunistas: que los propios agentes se inventaban colaboradores y pagos por prestigio y dinero. Y cuenta cómo en su libro “Cita en Varsovia” dos agentes de la KGB timan a sus superiores para pagarse estancias en Occidente. Vayamos por partes: en Polonia esta práctica tuvo lugar cuando el comunismo agonizaba, no en los años 70, en los que “Bolek” fue agente. En cualquier caso un historiador con un mínimo de dotes (y Gontarczyk y Cenckiewicz ya han demostrado de sobra que las tienen) puede identificar perfectamente un documento falso de otro verdadero: basta con conocer bien la praxis y los métodos de oficina de la policía secreta. Sobre este tema dejo un par de interrogantes, algunos claramente retóricos. ¿Habría durado el sistema comunista en Polonia cuarenta y cinco años de haber tenido un aparato de represión tan negligente como Tertsch sugiere? De puertas afuera la policía secreta se servía de falsedades a efectos de propaganda y con fines operacionales, pero ¿de qué le servirían documentos falsos en su uso interno? Aún así ¿de verdad no sabe lo que arriesgaba un funcionario que quisiera engañar a sus jefes? Sigamos: es conocido que la Służba Bezpieczenstwa (SB) destruyó toneladas de documentos antes de dejar el poder (y después también) pero ¿no sabe que en numerosísimas ocasiones antes de quemar esos papeles les hacían copias de “uso privado” para poder chantajear a sus antiguos colaboradores en el futuro? Si tan poco fiables son los documentos de la SB polaca ¿qué le parecerá que el Instituto Gauck alemán se haya gastado una fortuna en un programa de computación que servirá para recomponer toneladas de legajos de documentos que funcionarios de la Stasi quisieron destruir? Y por último ¿no es curioso que Adam Michnik, antiguo disidente y ex-redactor jefe de Wyborcza, le echara en cara a Walesa el episodio de “Bolek” cuando estaban en pie de guerra (y lo han estado durante diecisiete años) y ahora, cuando le conviene, se haya convertido en su más fiel defensor?

Algunos dicen que la SB se habría buscado un cooperador “poco fiable”: el que sería líder de Solidaridad. Bien, cuando se le “fichó”, en 1970, Lech Walesa no era nadie. Cuando escapó de las garras de los comunistas, en 1976, seguía siendo nadie. La SB podía ser perversamente inteligente, pero el don de profecía escapaba a sus posibilidades. Luego, al cabo de algunos años la SB tendría agentes en Solidaridad. ¿Cómo no iba a tener a chivatos en un movimiento que llegó a tener diez millones de personas si disponía de casi cien mil colaboradores por aquel entonces? Lo grandioso es que el movimiento venció a pesar de eso. Walesa se escurrió a la SB. Eso era posible, aunque a veces exigía heroicidad, como en este caso, o como en muchos otros, como en los que describe d. Tadeusz Isakowicz-Zaleski en su libro Los sacerdotes frente a las fuerzas de seguridad (Księża wobec bezpieki, desgraciadamente no está en castellano).

Queda bien claro en el libro que la grandeza de Wałęsa reside también en que no se dejó chantajear, a sabiendas de que la SB disponía de papeles que le descreditaban, en un momento en el que además arriesgaba más que años atrás, pues su familia había crecido. Gontarczyk y Cenckiewicz no le echan en cara que firmara en 1970 – cosa que el propio Walesa llegó a admitir. Hay que tener en cuenta que hacía bien poco acababan de asesinar a compañeros de los astilleros. En cualquier caso, las pruebas de la colaboración de Walesa entre 1970 y 1976 son irrefutables: en toda la región de Pomerania sólo había cuatro agentes “Bolek” (y no 54, como decía el ex-presidente para hacer creer que los documentos eran poco fiables). De esos cuatro, sólo uno vivía en Gdansk y trabajaba en los astilleros y la información que traspasó a la SB era extraordinariamente precisa. Alguien que, como Tertsch, escribe un libro sobre los servicios secretos comunistas debería saber también que no es sencillo hacer desaparecer las huellas de la colaboración de una persona: no basta con quemar la carpeta de un colaborador secreto, porque hay copias de sus informes en otras carpetas, como en las dedicadas a una operación de vigilancia de una persona o de una organización, …

No, Lech Walesa sale peor parado de los años 90, cuando se rodeó de tipos sospechosos y permitió la quema en masa de los archivos y tomó medidas tan vergonzosas que ha pasado a la historia entre votantes de derecha el dicho “soy de los que votó a Wałęsa pero rezó para que ganara Kwasniewski”. Escribió una de sus peores cartas en 1992, cuando sirvió de apoyo a los que derrocaron el gobierno de Olszewski que se disponía (entre otras cosas) a informar sobre quién, en el Parlamento y en altos cargos  estatales, había estado al servicio del aparato de seguridad.

Desde 1990 no había aparecido ni una sola publicación científica seria sobre Lech Wałęsa. Esta es la primera. Tampoco hay nada acerca del funcionamiento de Solidaridad (especialmente en Pomerania). El Instituto de Memoria Nacional se encontraba cada vez que examinaba el tema con “Bolek”. Había que finalizar el asunto para poder seguir adelante con otras investigaciones. Pero si hablamos de los fines comerciales del libro, no parece que Cenckiewicz y Gontarczyk lo hayan escrito para hacerse millonarios. No es una lectura fácil, no es periodismo literario sino un trabajo de investigación histórica y la primera edición era de tan sólo cuatro mil ejemplares, quizá por miedo a que funcionara la censura. En cualquier caso, el escándalo (y en gran parte el éxito) del libro se debe única y exclusivamente a Michnik y a sus acólitos. Alegan también que “no podemos tirar piedras al mito de Solidaridad”. A lo que muchos responden, y me uno a ellos, siguiendo al clásico polaco Józef Mackiewicz: “sólo la verdad es interesante”.

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Wałęsa y el proverbio chino

mayo 22, 2008

Oí hace ya algunos años de un amigo un proverbio oriental (bueno, eso me dijo, pero si se lo inventó tampoco pasa nada): “mejor una vez verde que mil amarillo”. Lo cual puede entenderse como que es mejor desde el principio decir las cosas claras aunque haya que pasar un mal trago, a andarse luego durante una larga temporada con medias verdades, que cansa más y, a la larga, causa infinitamente peor efecto.

Para su desgracia, Lech Wałęsa nunca escuchó el proverbio de marras y por eso desde hace varios lustros le pasa lo que le pasa: no conozco a ningún héroe tan empeñado en derribar su propia leyenda. Desde hace ya bastantes años es secreto de polichinela que el mítico dirigente de Solidaridad fue colaborador durante un tiempo con los servicios de represión comunistas. Para dejar las cosas claras, eso ocurrió en los años 1970-76, siendo él entonces un joven obrero. ¿Qué ocurrió después? Pues que consiguió escapar del cerco de la SB y nunca volvió a dejarse intimidar por sus esbirros. Evidentemente sus actos posteriores en la oposición al régimen superan inmensamente la pusilanimidad en la que antes cayó.

Las reacciones a un libro de dos historiadores del Instituto de Memoria Nacional (IPN), Sławomir Cenckiewicz y Piotr Gontarczyk, han sido bastante histéricas, con honrosas excepciones. El propio Wałesa grita “¡yo derroté a las fuerzas de seguridad, no ellos a mí!” y amenaza con revelar la verdadera identidad de “Bolek”, que era el pseudónimo del confidente con el que se le identifica (“ahora conozco la verdad”): pues la verdad, en mi humilde opinión, es que podía haberlo hecho hace por lo menos diecisiete años, si fuera cierto lo que dice, y nos habríamos ahorrado un culebrón. También anuncia que irá a los juzgados.

Más “concreto” que Wałęsa es Władysław Frasyniuk, antiguo lider de Solidaridad y hoy miembro del Partído Demócrata, de la órbita del dirario Gazeta Wyborcza: “con gente así (Gontarczyk y Cenckiewicz) no se discute, sólo se les puede dar (una bofetada) en la cara”. Y todo esto ¡antes de que se publique el libro! Creo que queda claro por que me “gustan” tanto GW y sus satélites: sólo es un referente moral quien ellos quieren, y si la verdad no se adecúa a lo que ellos dictan, peor para la verdad.

Otros, como Andrzej Czuma, antiguo disidente y ahora diputado de Plataforma Cívica, el partido del gobierno, ponen el cerebro en funcionamiento antes de poner la boca en movimiento: “el drama de Wałesa consiste en que no hubo nadie que le dijera que su grandeza no iba a desaparecer al confesar los errores de su juventud”. Y yo estoy completamente de acuerdo con él.