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Sin jalogüin a la vista – 1 de noviembre en Varsovia

noviembre 12, 2007

Suele pasar, o al menos a mí me pasa, que nos enteramos verdaderamente de las cosas, o descubrimos su valor, cuando tenemos que transmitirlas a otro. Me ocurrió la última vez el pasado 1 de noviembre, cuando los católicos celebramos la fiesta de Todos los Santos.

Quise llevar a un amigo llegado hace no mucho de España a Varsovia con beca Erasmus-Turismus a Powązki, el cementerio más conocido de la capital polaca. Vino con un compañero amigo, también español. Sin duda les sirvió de provecho la visita, pero a mí también me ayudó para volver a asombrarme ante lo ya conocido.

Conviene aclarar que los polacos visitan las tumbas de sus seres queridos ya el día uno, incluso bastante más que el dos, día de los fieles difuntos. Muchos son (y eso se nota especialmente en el tráfico de Varsovia, donde la mitad de la población no es autóctona) los que se pegan auténticas palizas de kilómetros en estos días. Aunque el día uno no es laborable y el dos suele tomarse libre, no es un típico “puente” de relax. No, son días verdaderamente familiares y también de reflexión.

Pero volvamos a Powązki, o mejor dicho a sus puertas, porque tuvimos que esperar en una larga cola para poder entrar. Había mucha gente y estaba todo lleno de velas. Aunque ya era de noche (a las cuatro y media de la tarde), realmente no hacían falta las farolas para iluminar el terreno. Llamaba la atención la gran cantidad de niños pequeños. Es curioso: mientras en Europa Occidental el tema de la muerte o se evita, y más si hay niños cerca, o se banaliza ridiculamente a modo de Halloween, aquí se trata con mucha naturalidad, seriamente pero sin histerias. Esta calma puede resultar llamativa en ocasiones: cuando hace unos cuantos años estaba haciendo la carrera en Szczecin, en la Pomerania polaca, al llegar mayo y el buen tiempo había universitarios que estudiaban precisamente en el cementerio local, que ciertamente no tiene nada de tétrico, más bien es un lugar agradable.

Polonia es un pueblo con memoria, que honra a sus héroes (y éstos no les han faltado). Además de poner velas y flores sobre las tumbas de familiares y amigos, muchos decoran también las de polacos más conocidos que han servido bien a su patria. Ayudaba a entender lo dicho antes la vista en el Powązki militar de scouts (que en Polonia son una institución) cuando iban a rendir homenaje a jóvenes que murieron durante el levantamiento de Varsovia contra los alemanes en 1944, o el silencio de la multitud frente a las lápidas simbólicas de los asesinados en Katyń.

En dos palabras: esperanza cristiana y fortaleza. Me atrevería a decir que, entre otras cosas, este modo sereno de tratar la muerte durante decenios y centurias ha convertido a los polacos en gente valiente y capaz, por lo general, de grandes sacrificios.