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Esto sí es una frontera (y III)

noviembre 26, 2007

Esta vez la partimos de la ciudad en la que resido actualmente: Varsovia, y más concretamente desde Praga, que así se llama la ribera derecha del Vístula a su paso por la capital de Polonia. Sin exagerar demasiado, puede afirmarse que es allí donde comienza Asia, o por lo menos comenzaba hasta que la ya ex-ministra coordinadora del Euro 2012 decidió que el nuevo Estadio Nacional se alzará en el lugar en el que hoy se encuentra el Estadio del Decenio, un complejo deportivo en ruinas alrededor del cual se extendía uno de los mayores bazares de Europa con zonas bastante bien definidas para vendedores de Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Vietnam,… Uno allí podía encontrarlo todo, absolutamente de todo: desde caviar hasta drogas, pasando por CD piratas, alcohol de contrabando, tráfico de armas (incluyendo uzi israelíes, MP-5 alemanes, o lanzagranadas rusos). Según la empresa que lo administraba la facturación era de unos 500 millones de zlotys (unos 130 mln EUR), pero fuentes policiales dan una cifra 24 veces mayor.

¿Por qué doy tantas vueltas? Porque mi viaje comienza allí precisamente, en la estación de autobuses Varsovia-Estadio una noche de verano, pasadas ya unas cuantas horas desde de que el bazar se fuera a descansar de su febril actividad dejando tras de sí quintales de basura y un edor insoportable. Tenía previsto ir en tren, pero a los nervios del reisefeber se unieron mil pequeños detalles que arreglar en unas pocas horas y ya en el autobús urbano que me llevaba a la estacion de ferrocarril me di cuenta de que iba sin equipaje, por lo que me vi forzado a alterar mis planes, que se hicieron desde luego mas exóticos.

El vehículo en el que me monté era ucraniano, al igual que la inmensa mayoría de los pasajeros, excepción hecha de mí, de un estudiante aventurero polaco con destino Moldavia y de un par de personas mas. En el trayecto nocturno apenas dormí, pero no ocurrió nada que merezca la pena contar, sólo la frontera mostró otra vez su cara menos amistosa y nos detuvo casi cuatro horas, esta vez en Rawa Ruska.

Hago aqui un pequeño inciso. Me ha pasado a veces ya que, charlando con españoles, les parece que soy bastante pro-americano (por lo menos mas que la media hispana) y algo anti-ruso. En lo referente a este ultimo punto, puedo decir que no me desagradaba la politica de los gemelos Kaczyński hacia Rusia, no me parece que los conflictos hayan sido provocados desde Varsovia. De lo que estoy seguro es de que Rusia no respeta a quien no se respeta a si mismo. No creo que mi caso sea una cuestion contagiosa, causada por la larga estancia en Polonia, aunque cierto es que cuanto mas cerca esta uno de Moscú la perspectiva va cambiando. Sea como fuere, si me viera obligado a elegir imperio, lo tendria muy pero que muy claro. Uno de los elementos por los que juzgo si un pais me merece respeto o no es la forma que tiene de tratar a sus propios ciudadanos, y si alguien tiene dudas de como se comportaba la Union Soviética con sus habitantes no tiene mas que pasarse por los lugares que describo: los trataba como a ganado, sencilla y llanamente. Eso es lo que he visto cada vez que he entrado y salido de Ucrania.

Llegado a Lviv tomé una marshrutka rumbo a Skole, pequeña ciudad de los Cárpatos ucranianos. Su ubicación es maravillosa, un valle flanqueado por montes bajos de espeso verde: no en vano fue cuna de los deportes de invierno de la Polonia de entreguerras. Lástima que la arquitectura destroce la grata impresión que uno podría llevarse. Pasé allí dos días con estudiantes polacos que venían a un trabajo de voluntariado. Al tercer día les acompañé a Lviv y pude permitirme ya el lujo de guiarles por el centro.

En Lviv me despedí de mis compañeros. En mis planes estaba llegar hasta Kiev, pero antes debía arreglar un par de asuntos en Przemyśl, del lado polaco. Como el autocar tambien era ucraniano, me temia una revision exhaustiva (larga tirando a muy larga) por parte de los aduaneros de la zona polaca, pero en absoluto me esperaba una parada de ocho horas. Al dia siguiente los amigos que me esperaban del otro lado me contaron que no muchos días atrás un dispositivo anti-corrupción había detenido a varios agentes de aduanas polacos por permitir el paso de contrabando a gran escala, con camiones llenos (en lo que va de año son ya varias decenas los arrestados). Así que los nuevos funcionarios o bien iban con mucho cuidado para no hacer nada mal, o bien practicaban una “huelga a la italiana” trabajando con una lentitud insultante para hacer la vida imposible a todo el mundo y conseguir así que no les desmontaran el chiringuito.

Llegue a Przemyśl a las cinco de la mañana, en vez de a las once de la noche y con bastante cansancio encima, por lo que decidi buscar una Misa dominical lo mas pronto posible, pues existía el riesgo de no despertarme hasta el dia siguiente si me echaba a descansar en casa de mis amigos. La encontré bien pronto: a las seis de la mañana y con la iglesia llena hasta la bandera. Mayormente eran peregrinos que iban a un importante santuario de la región. TJP, “to jest Polska” (en cristiano: “esto es Polonia”).

Esa misma noche monté en el tren Przemyśl-Kiev. Mi billete no era de primera, que digamos (de hecho, en ese tren no habia). Viajaria en plantskarta, un vagon en el que no hay compartimentos propiamente dichos, mas bien boxes, como en algunas oficinas, con literas de tres pisos que por lo general no son suficientemente largas, asi que si uno va por el pasillo, mejor que tenga cuidado para no tropezar. El viaje nocturno fue largo, de catorce horas, pero tranquilo.

maydan niezalezhnosti

Por fin, Kiev. Llegada apoteosica, y ya sabia yo que iba a ocurrir, pero no me quedaba remedio: tenia una cita a la media hora de desembarcar y aun no conocia la ciudad, ni siquiera tenia mapa encima (ay, las prisas). Lo habéis adivinado: me monté en un taxi. El resto es facilmente imaginable: el timo fue de espanto. Casi lo evito, pero acentué mal el nombre de la calle y el “buen hombre” se dio cuenta de que no era indígena. Unos cuantos ingenuos más y tendría para vivir todo un mes. Sobra decir que el resto de mis movimientos por la ciudad los hice en metro, en marshrutka o a pie.

Ese día comí en un local al aire libre en el Maydan Niezalezhnosti, la Plaza de la Independencia, en el que servían platos típicos de Crimea. Más o menos pegaba tanto como ir a Galicia para tomarse un gazpacho andaluz, pero a Sebastopol no tengo pensado ir pronto y ademas la comida de la Ucrania central no se diferencia excesivamente de la polaca y prefería probar algo nuevo (uno de los principios que me guiaban era el “cero McDonalds”). Tomé asiento al lado de un simpático americano que llevaba en Ucrania varios días de turismo y que me contó cómo le habían parado en la calle dos policías para pedirle sus documentos. Al contestarles que había dejado el pasaporte en el hotel, visiblemente alegrados, le dijeron que debia acompañarles a comisaría: el juego consiste en meter al extranjero un poco de miedo para luego dejarle ir a cambio de dinero. El yanqui, aunque calvo, no tenía un pelo de tonto y no se dejó amilanar: “pues vale, vamos a comisaria”. Después de unos segundos de deliberar le dejaron en paz. Yo, por mi parte, decidí que no tenia ganas de dar ocasión a este tipo de encuentros y opté por camuflarme: oculté lo mejor que pude la típica sonrisa de despreocupación del turista (que se hace casi insolente en el caso de los americanos: no me extraña que le pararan). Esto de las caras largas es también legado del comunismo.

Lavra

Poco reseñable ocurrió en Kiev ese día y el siguiente. Estuve bastante ocupado, pero me quedó tiempo para ver la maravillosa Lavra y para deambular un buen rato por el centro de la ciudad. La noche la pasaría de nuevo en el tren: volvía ya a Polonia con escala de varias horas en Lviv. Y desde alli, otra vez en autobús ucraniano rumbo a Varsovia y otra vez transcurrio la “plácida” noche en la frontera: siete horas, si mal no recuerdo. No quiero ni imaginar lo que debe ser aquello en invierno, y menos ahora, en epoca de experimentos, porque Polonia entra a finales de diciembre en Schengen.

Bueno, por fin: “hogar, dulce hogar”. Me gusta Ucrania, pero su caos va para largo.

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Esto sí es una frontera (II)

noviembre 5, 2007

Dejé el post anterior en el momento en que subí a la marshrutka. No entraré aquí en divagaciones filológicas y trataré de definírla de modo gráfico: es una furgoneta o mini-bus cuyo tamaño puede variar, en la que caben teóricamente unas quince o veinte personas, aunque la práctica generalizada consigue que en el interior del vehículo se estruja el doble de pasajeros. Su aspecto es por lo general destartalado. ¡Ah! Antes he dicho que entran personas, pero uno no debe extrañarse de que vayan acompañadas de simpáticos animalitos de corral. Aunque eso ocurre más bien en las rutas interurbanas. Las marshrutka tienen un recorrido fijo, pero no paradas propiamente dichas, sólo los usuarios frecuentes saben donde se detienen, aunque también se las puede parar en cualquier lugar. Lo más importante: son muy baratas. La primera vez que monté en una, en la frontera de Sheginy, el trayecto de unos setenta kilómetros me salió por diez hryvnas (unos dos euros).

marshrutka.jpg

Pero sigamos con el viaje. Nada más entrar en Ucrania me llamaron la atención dos cosas: las pésimas carreteras y el endiablado modo de conducir de los habitantes del país. La señalización brilla por su ausencia y el cumplimiento de las más elementales normas de tráfico, también. Si uno se fija un poco más, descubre la ley del más fuerte: en los cruces tiene prioridad el mejor coche, especialmente si es un mercedes negro con cristales opacos: mejor no pisarle el callo a un pez gordo, por si las moscas.

LLegué al cabo de casi dos horas a Lviv, en ucraniano, o Lwów, en polaco (pronúnciese Lvuf), o Leópolis en versión latina. Pero es totalmente inaceptable “Lvov”, en ruso. Me explico: esta zona de Ucrania formó parte de la URSS de 1939 a 1991 (con un periodo de ocupación nazi de 1941 a 1944), y nunca fue rusa: perteció con anterioridad a Polonia (1918-1939), a la Galitzia austro-húngara (1772-1918), antes a Polonia (1340-1772). y en un primer momento a los príncipes de Rus. La región donde se encuentra se convirtió en el siglo XIX en la cuna del nacionalismo ucraniano.

En esta primera vez pasé en Lviv sólo un par de horas porque tenía que regresar a Cracovia esa misma noche. Tiempo escaso y con tormenta veraniega incluida, pero suficiente para darme una vuelta por el casco antiguo y confirmarme en que merecía la pena traerme al nutrido grupo de hispanos y a los pocos polacos que los acompañaban. El idioma no sería problema, nos bastaría con el polaco y rudimentos de ruso (aunque mejor no abusar de este idioma, por si acaso).

Así pues, a los pocos días nos personamos en la frontera en dos furgonetas alquiladas y con conductores expertos. No hubo grandes problemas para el cruce y en dos horitas y media de nada ya estábamos del otro lado. Durante el camino me fui enterando de cosas interesantes. Por ejemplo, el conductor me fue mostrando los imponentes chalets que se estaban edificando los agentes de aduanas ucranianos. Llamaban la atención entre la pobreza generalizada del paisaje. Viaje de ida sin incidencias. Dimos rápidamente con el guía que nos consiguieron unos amigos antes de salir de Polonia. El centro de Lviv, como supuse, encantó a los visitantes. Los precios ucranianos igualmente. También les hacía ilusión hacerse fotos debajo de letreros en cirílico. Los sacerdotes que venían con el grupo se emocionaron al poder celebrar en la catedral católica de rito latino de Lviv (única iglesia católica en Ucrania donde no se interrumpió el culto durante el comunismo, por cierto).

Vista de la ópera de Lviv

Sí, fue un acierto venir. Sólo que algo a mí, con la insensibilidad propia de quien ha visto demasiados ejemplos de lo que es la arquitectura comunista, se me pasó por alto que antes de llegar al casco antiguó atravesamos barrios no tan representativos: “es como España hace cuarenta años”, decían los pocos que habían pasado de esa edad.

La vuelta duró algo más: tres horas y media parados en la dichosa frontera más dos horas de viaje. Y como suponía, la vista del contrabando al por mayor impresionó a mis compañeros de viaje más que todo lo que habíamos podido admirar unas horas antes, que la hermosa plaza del mercado, el impresionante edificio de la ópera, la catedral armenia, … Un autobús alemán hizo una extraña maniobra de adelantamiento donde ya en teoría no se permite y alguien me explicó que, al parecer, habían pagado 100 dólares para “aligerar” las cuestines administrativas y cruzar rapidito. Algo antes, los que iban en la otra furgoneta se habían llevado un susto mayor: en un momento del camino un soldado les hizo detenerse y, tras cambiar unas palabras con el conductor, entró en el vehículo y se hizo llevar hasta la frontera. Al llevar matrículas polacas sabía que íban hacia allá. Si no le hubieran dejado entrar, la cosa habría acabado mal. Pero si por algún casual, no sé, si por ejemplo se hubieran pasado de velocidad y un policía les paraba, al ver al militar les habría dejado seguir.

Esto es Ucrania, pero aún seguiré contando.

Esto sí es una frontera

octubre 29, 2007

Hacía ya varias semanas que prometí escribir sobre mi corto periplo por Ucrania, pero siempre me salían asuntos más urgentes. Esta es la primera entrega.

Para que tengan de veinticinco años más o menos para abajo y también los mayores que no hayan salido de la UE, el concepto de frontera debe presentarse como algo abstracto. En cualquier caso nada tiene que ver con lo que siente un ucraniano, un ruso o un polaco dedicado al comercio fronterizo -tanto legal como ilegal, pero esencialmente ilegal- en el paso Mostyćka-Sheginy, por poner un ejemplo.

Bien, no era la primera vez que pisaba antigua tierra soviética , pues ya había visitado antes Lituania. Además, once años en Polonia dan para oír cientos de historias -las más, divertidísimas- sobre como se las arreglaban los polacos para llevar escondidos cigarrillos y mil cosas más al Berlín de antes de la caída del muro, o para traer del otro lado del telón de acero publicaciones anticomunistas y libros religiosos. Pero una cosa es oírlo y otra muy distinta verlo con los propios ojos.

La ocasión se presentó este verano. Durante unos días iba a dedicarme a coordinar el trabajo de un grupo de bachilleres espanoles que venían a ayudar en la construcción de una iglesia en Przemyśl, en el sudeste polaco. Pensé que merecía la pena llevarles a Lviv, una joya de ciudad que por obra y gracia del camarada Stalin quedó fuera de Polonia tras la II Guerra Mundial.

Para evitar meterme en algún lío descomunal en excesiva compañia decidí echar un vistazo solo por mi cuenta un par de días antes. En Przemyśl me monté una furgoneta y en unos diez minutos me encontré frente al cordón externo de la UE, y vaya si que me encontré solo: muy solo en ese mar de contrabando de vodka y cigarrillos que es la frontera para peatones polaco-ucraniana. Increíble lo que da de sí la cinta aislante para pegarse objetos al cuerpo.

Desde luego me quedó claro que era el único turista en la multitud. De ese estado de estupefacción me sacó una amable senora que pensó que era un estudiante ucraniano perdido y sin nada que declarar y me hizo llegar en un abrir y cerrar de ojos hasta la aduana. Si yo seguía aún fuera de juego, los funcionarios, primero polacos y luego ucranianos, sí que estaban intrigados: “Ispanets?” (“¿español?”). La misma cara de decir “¿y qué se te ha perdido aquí, mi alma?”. Sí, la verdad es que no pintaba mucho. El cruce duró sólo media hora y es todo record. Las siguientes siete veces oscilaron entre dos horas y media y ocho horas.

Y una vez del otro lado, me subí en una “marshrutka” en dirección a Lviv. Pero sobre lo que es la “marshrutka” y sobre los demás cruces de esta simpática frontera seguiré escribiendo en otra ocasión.