Walesa: cómo destruir la propia leyenda

Volvió a suceder. Polonia es un país en el que hay que ser paciente. Pasan los años y opiniones que eran tenidas por indignas de ser siquiera pensadas por gente bien, resultan ser la verdad más verdadera.

Sin la más mínima satisfacción por haberlo puesto aquí hace ya casi ocho años, más bien triste…

Escrito para La Gaceta

 

El Instituto de Memoria Nacional de Polonia dio ayer acceso a las actas personales del agente “Bolek”, al que se identifica con Lech Wałęsa, mítico dirigente de Solidaridad. A pesar de que éste niega cualquier colaboración con la policía secreta comunista, la temida SB – Służba Bezpieczeństwa– , los documentos suponen una prueba prácticamente irrefutable de que el expresidente fue confidente de los servicios de represión. Incluso defensores acérrimos de Wałęsa hasta la fecha, tales como el historiador Andrzej Friszke, reconocen la autenticidad de los documentos que entregó al Instituto de Memoria Nacional polaco la viuda del general Czeslaw Kiszczak, último ministro del interior de la era comunista.

 Aun así, el contenido de las carpetas ha sorprendido a pocos, si acaso por la gran cantidad de personas a las que Bolek pudo perjudicar con sus delaciones. Efectivamente, la noticia no es nueva, especialmente desde que en 2008 los historiadores Piotr Gontarczyk y Slawomir Cęckiewicz publicaran SB y Lech Wałęsa. Reflexiones sobre una biografía, libro en el que analizaron metódicamente los documentos disponibles hasta entonces, que no dejaba lugar a muchas dudas y por el que fueron atacados brutalmente antes de que saliera a la venta. Wałęsa ha tenido innumerables ocasiones para afrontar el duelo con su pasado. Desgraciadamente, la imagen que sale de los “nuevos” papeles es la de un agente que informa sin que medie chantaje alguno y por dinero y, según la SB, es la menguante remuneración la excusa de Wałęsa para dejar de ofrecer sus servicios. En este contexto suena a macabro el relato de su esposa Danuta en el libro Sueños y  secretos, cuando menciona que en casa andaban escasos de dinero, pero que la providencia cuidaba de ellos porque Lech ganaba a la lotería siempre que lo necesitaban.
walesa en astilleros de Gdansk

El revuelo que ha generado la viuda del general Kiszczak es comprensible, porque no se trata solo del comportamiento de Wałęsa, a quienes sus seguidores de entonces perdonarían aún hoy si él mismo pidiera perdón – incluso antiguos compañeros de lucha, tales como Kornel Morawiecki, hoy presidente senior del Congreso, le han animado a dar ese paso para que la verdad sanee el ambiente. Los documentos confirman que el joven Wałęsa colaboró con los comunistas de 1970 a 1976, cuando era un obrero anónimo más en los astilleros Vladimir Ilich Lenin de Gdansk, pero no nos hallamos ante un descubrimiento de “cosas del pasado”, ya que las consecuencias para la vida política y social polaca que esos y otros documentos han tenido y quizá sigan teniendo son incalculables.Fue precisamente para impedir que la verdad sobre su pasado viera la luz del día que el entonces presidente Wałęsa lideró la defenestración del gobierno de Jan Olszewski en junio de 1992, cuando, cumpliendo con una ley aprobada por el parlamento, elaboró una lista de antiguos agentes y confidentes de los servicios secretos entre los altos cargos del país. Wałęsa también se apropió indebidamente en esa época de documentos que probaban su anterior doble vida.

Políticos de la oposición, tales como Ryszard Petru, jefe del partido Nowoczesna han tratado de presentar la situación como un ataque ideado por Jarosław Kaczyński, líder de Ley y Justicia, ahora de nuevo en el poder. El antagonismo de Kaczyński con Wałęsa, a quien hizo presidente en 1990, es harto conocido, pero hace falta una imaginación desbocada para pretender que haya podido influir de cualquier manera en la decisión de la señora Kiszczak. Sea como fuere, lo indudable es que el peor enemigo de Lech Wałęsa es el propio Wałęsa, cuya versión de los hechos cambiaba según le convenía: unas veces sostenía que firmó sólo unos papeles, otras que no firmó nada,  otras que salió victorioso del acoso de la SB, otras que todo era una estrategia para engañar a los servicios secretos… Sus defensores de ahora, en su mayoría de la izquierda liberal, tienen varios problemas: en primer lugar, durante años, mientras no les fue útil, trataron con el desprecio más absoluto al exdirigente sindical, acusándole en Gazeta Wyborcza, el que fuera diario de Solidaridad, de ser un dictador que navega sobre las olas del antisemitismo, un bolchevique, o comparándolo un padre borracho y maltratador mujeres y lo describieron como una amenaza para la democracia y una caricatura de ésta, destructor de Solidaridad, alguien parecido a Lenin y Stalin… Por otro lado, son ya numerosas las ocasiones en que Wyborcza trata de defender contra viento y marea a un supuesto agente o confidente de la policía secreta comunista y las sospechas acaban confirmándose – y eso ocurrió incluso entre sus propios redactores.

Numerosos periodistas, historiadores y políticos –entre ellos el presidente Andrzej Duda – resaltan que no se trata solo ni principalmente de Lech Wałęsa, cuyos logros de los años 80 – cuando se puso a la nación por montera y puso en jaque al imperio soviético – nadie cuestiona. La pregunta es ¿cuántos armarios repletos de documentos como el de Kiszczak hay en Polonia o fuera de Polonia? Porque es evidente que este tipo de papeles –falsificados o no – han servido o pueden aún servir para chantajear a representantes de la clase política polaca.

A pesar de todo, conviene resaltar que esta historia puede y debe servir para resaltar la grandeza de Solidaridad, un movimiento único de millones de héroes anónimos, que derrotó al comunismo a pesar de las debilidades de su más famoso líder.

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