Siete años de infamia

Algunos ejemplos -¿cuántos van ya? – de la crisis de un sector en decadencia, en el que factores como talento y esfuerzo han dejado de primar y no son precisamente los mejores los que se libran de los EREs.

Hay países con tendencias ciertamente masoquistas, pensarán algunos. El partido de Jarosław Kaczyński, Ley y Justicia, ganaría hoy las elecciones parlamentarias en Polonia con casi un 40% de apoyo popular, según los últimos sondeos. Pero ¡si nadie quería verlo ni en pintura! Y además ¿no se estaban normalizando los polacos? ¿No se habían vuelto tan proeuropeos? La situación sería incomprensible si nos dejaramos guiar unicamente por la información que ha estado saliendo al exterior.

Sólo la verdad es interesante, decía aquel gran escritor, tan injustamente olvidado, Józef Mackiewicz. Cuando pase el tiempo y alguien revise en los anales periodísticos lo que se ha escrito en el extranjero sobre Polonia desde 2005, podrá llegar a dos conclusiones: o los corresponsales con sede en Varsovia se dedicaron a escribir solo de oídas, sin contrastar, o, peor aún, enviaron a conciencia a sus redacciones matrices una imagen distorsionada de este país.

En 2007 cayó el gobierno de Kaczyński y fue sustituido por el de la Plataforma Cívica de Donald Tusk. Kaczyński irritaba con razón a muchísima gente, especialmente por sus formas, y su gabinete parecía con frecuencia estar sumido en el caos. Lo que no podía esperarse, porque por aquel entonces los partidos de ambos líderes se parecían mucho tanto por sus principios como por la gente que los componía, era que se cumpliera a la letra la antigua máxima: que el poder absoluto deprava absolutamente. Y, especialmente desde la catástrofe de Smoleńsk, la Plataforma ha detentado un poder desconocido en este país desde la caída del comunismo.

No quiero aburrir con apellidos impronunciables y situaciones que a nadie suenan. Sobre todas y cada una de las siguientes cuestiones puedo dar datos concretos. Quien esté interesado, puede preguntarme.

Se han vertido hectolitros de tinta sobre, por ejemplo, los supuestamente graves problemas de los homosexuales en Polonia, mientras que ahora hay gente condenada a pena de prisión por ofender en una página de internet al presidente del país –pero como no se llama Pussy Riot, es como si no existiera.

Se sigue hablando de la época de los Kaczyński (ahora solo uno) como de un periodo de opresión, cuando ahora Polonia se encuentra a la cabeza de la UE en número de escuchas telefónicas policiales por ciudadano.

Se regodeaban del oscurantismo del anterior gobierno, y es ahora cuando existe auténtico miedo en las universidades a investigar temas espinosos y hay quien se ha visto obligado a emigrar por escribir “sin autorización” sobre Lech Wałęsa.

Igual ocurría con la libertad de expresión, supuestamente amenazada entonces, mientras que es hoy cuando uno se arriesga a que los jueces lo condenen a pagar onerosas multas si critica al redactor jefe de uno de los periódicos pro-stablishment. Es más, uno puede ser demandado por escribir que ese periodista intimida a otros por medio de denuncias. Hasta hace bien poco, era capaz de eliminar de la vida pública a quien quisiera con un editorial, ahora necesita la ayuda de los jueces, se ve que su pluma ya no le basta para convencer.

Antes nos querían imponer a todos un cristianismo casposo y rancio por la fuerza, decían, y resulta que ahora se le impide el acceso a la plataforma digital a una televisión católica solvente empleando oscuros tejemanejes que ocultan una motivación política, mientras se deja entrar a otras cuyas garantías financieras son inexistentes.

El populismo era un gravísimo problema entonces: en el régimen actual el clientelismo y la contratación masiva de funcionarios ha llegado a límites inéditos en la historia de la Polonia contemporánea y la corrupción vuelve a ser un problema grave. El amiguismo es visible en la cúpula entre el poder ejecutivo y el judicial.

El de los gemelos era un gobierno incapaz: éste ha conseguido que para llegar desde Varsovia a Gdańsk se necesite más tiempo que antes de la II Guerra Mundial, construir una línea de metro en la capital raya el milagro y cada tramo de autopista, en un país llano como la palma de la mano, es una odisea –y el doble de cara que en España, además.

Supuestamente las relaciones con Rusia han vuelto a la “normalidad”, pero resulta que dos años y medio no son bastantes para que los restos del avión presidencial siniestrado en Smoleńsk sea devuelto a su legítimo dueño, que es el Estado polaco, y que, siendo país de tránsito, se paga por el gas una de las tarifas más caras de la UE.

Smoleńsk es un episodio aparte. Normalmente, acontecimiemtos de este tipo son fuente de todo tipo de conspiranóias que pueden seguir funcionando en el imaginario popular, aunque cada vez con menos fuerza. Aquí, los errores, falsedades y escándalos -profanación de cadáveres incluída- con que nos han deleitado han sido de tal envergadura que, si un año después del desastre un 8% de los polacos creían en un atentado, en abril de 2012 eran ya un 18% y sigue aumentando, con motivo.

Podría seguir. Logicamente, los periodistas extranjeros no tienen culpa de que Polonia sea cada vez más parecida a una república bananera –hay quien habla de Bielorrusia-, pero entonces ¿por qué han estado mostrando una imagen tan distante de la realidad? Ellos sabrán. Se me ocurren dos explicaciones:

La primera es conviene a países terceros y lobbies diversos dar palmaditas en la espalda a los actuales mandatarios polacos, tan blanditos y fáciles de manejar. No me refiero a complots de ningún tipo, basta con aprendices de periodistas cegados por la dictadura de lo politicamente correcto.

La segunda es que, como en tantos otros ambientes, el periodismo funciona muchas veces a base de confianza, lo cual no es malo. El problema del caso polaco radica en que los medios de fuera la han tenido depositada ciegamente desde hace cuarenta y cinco años en una sola persona con nombre y apellido que sí mencionaré: Adam Michnik, fundador -junto a Wajda, etc.- de la mítica Gazeta Wyborcza, ex-disidente de la época comunista, precisamente aquel redactor jefe a quien tan arriesgado es criticar del que hablaba hace unos párrafos. La gente cambia, a veces para mal. Desde el exterior pueden no darse cuenta, pero a quienes han estado aquí debería encendérseles una lucecita tras ser testigos de la condena de un poeta porque, según sentencia el juez, “las opiniones negativas sobre Adam Michnik violan los principios de convivencia social“.

Solo la verdad es interesante, decía Mackiewicz. Uno puede consolarse pensando que ya vendrá el juicio final para poner las cosas en su sitio. Sin embargo, creo no tendremos que esperar tanto para que muchos, si conservan un mínimo sentido de la decencia, se desdigan de las mentiras de las que han estado viviendo. Es más, pienso que van a arrepentirse de haber dejado escapar una gran ocasión. Aviso: este otoño va a ser acalorado en Polonia y los pillará a contrapié.

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One Comment en “Siete años de infamia”


  1. […] En estas últimas dos semanas hemos pasado en Polonia por un auténtico vendaval, de nuevo a causa de la catástrofe Smolensk. Y puedo añadir que lo había anunciado con semanas de antelación. […]


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