Polonia ante las elecciones A.D. 2011

Versión reducida para Aceprensa

Dice el proverbio que donde hay dos polacos, allí hay tres partidos. Y quizá sea la palabra emoción la que mejor define el criterio con el que se guía la gente a orillas del Vístula desde hace seis años en cuestiones políticas. La elecciones parlamentarias en Polonia están ya a la vuelta de la esquina y, aunque la campaña en sí ha parecido bastante aburrida, la emoción está a flor de piel. Las previsiones a una semana de los comicios muestran un empate entre el principal partido del gobierno, la Plataforma Cívica de Donald Tusk, y la agrupación Ley y Justicia, de Jarosław Kaczyński, si bien pocos son los que recuerdan la última vez que en este país las encuestas y los resultados electorales tuvieron una cierta similitud.

Eryk Mistewicz, experto en márketing político, afirma en el semanal Uwazam Rze que la clave de los próximos comicios son percisamente las emociones ya que, mientras que el 54% de los polacos ven más importante votar en contra de un partido que consideran perjudicial para el país, sólo una cuarta parte presta atención al programa del partido que apoyan. Por eso, más que presentar su visión de gobierno, Tusk trata mostrar la amenaza que supondría el gobierno de su rival, mientras que Kaczyński guarda el hacha de guerra, mide sus palabras y evita el cara a cara, donde sale peor parado, consciente de que su carácter explosivo le puede jugar una mala pasada.

Merece la pena recordar que aún en 2005 la mayor parte de los votantes se declaró favorable a una renovación radical de la política nacional: los gobernantes post-comunistas sufrieron un doloroso descalabro, pasaron de la mayoría absoluta a ser la cuarta lista más votada. Por su parte, los partidos Ley y Justicia y Plataforma Cívica se llevaron más de la mitad de los votos escrutados. Desde meses antes trataban de convencer a los ciudadanos de que una coalición de estos partidos gobernaría y sanearía el país. Para gran parte de los votantes era indiferente optar por cualquiera de estos dos partidos y entre los políticos y programas de estas dos formaciones era difícil encontrar diferencias significativas a primera vista.

Sin embargo, ya pocos días después de la apabullante victoria podía intuirse que no todo iba a ser tan sencillo. Aún hoy es difícil decir si lo que impidió el acuerdo fueron rencores personales de los líderes, diferencias de opinión insalvables o un astuto cálculo pragmático según el cual convenía diferenciarse los unos de los otros lo más posible para “monopolizar” el panorama político y evitar seguir la suerte de anteriores coaliciones conservadoras, que llevaron siempre a la posterior defenestración o incluso desaparición de los partidos que las compusieron. Lo más posible es que se dieran las tres razones a la vez. Fue entonces cuando comenzó una guerra dialéctica que aún hoy despierta pasiones, aunque la sociedad se dice agotada de ella.

Independientemente de cuales fueran los motivos que dieron comienzo a las hostilidades, todos pasaron a un segundo plano tras la catástrofe de Smolensk, en la que perecieron el presidente del país Lech Kaczyński, su esposa y otras 94 personas. Fue además la muestra más tangible de la debilidad del país y la poca fiabilidad de sus más altas instituciones.

Paweł Lisicki, redactor jefe de Rzeczpospolita, el diario conservador más prestigioso del país de encuentra dos motivos por los que la población se decidió por Tusk: „El primero, negativo, es que decían que no iban a ser como la oposición, que iban a mandar de forma tranquila, estable y concreta, y digamos que eso lo han logrado en parte, porque efectivamente no son la oposición y han estado gobernando. Pero el segundo motivo, muy importante, es que éste iba a ser a ser un gobierno que llevaría a cabo una modernización rápida y positiva de Polonia, no en lo social, sino en lo económico. Esto no lo han cumplido”. Y enumera sonados fracasos, como la lucha contra la corrupción, que se ha desmoronado, o la promesa de una red de carreteras, que se ha convertido en una farsa, o el pomposo anuncio de que el euro sería introducido en 2012, cuando los mercados ya pronosticaban tormenta. Todo esto, en parte, puede justificarse con la crisis económica mundial, pero dificilmente cuadra con la propaganda del éxito de toda la legislatura, y levanta el recelo de los ciudadanos ver que no retiraron promesas incumplibles a sabiendas de que la situación es seria. Los comentaristas políticos más incisivos comentan que los únicos éxitos reales de este gobierno han sido llenar el país de campos de fútbol y la organización de los funerales de las víctimas de la catástrofe del avión del presidente Lech Kaczyński.

Por suerte, la mala gestión política no parece afectar tanto como podría a la situación económica del país: Polonia ha conseguido esquivar relativamente bien la primera fase de la crisis económica, aunque no faltan voces de reconocidos economistas, como el profesor Krzysztof Rybiński, ex-vicepresidente del Banco Nacional de Polonia y ahora candidato al Senado, que alarman del fatal estado en el que se encuentran las finanzas públicas, preparan a los ciudadanos para el peor de los escenarios y acusan a Tusk de haber endeudado al país irresponsablemente. No puede decirse que no se avance, ya que el desarrollo es visible: lo lamentable es la pérdida de oportunidades. Otros expertos, como el profesor Cezary Wójcik, de la Academia Polaca de las Ciencias, se muestran más optimistas y señalan que, en líneas generales, la política económica de los sucesivos gobiernos de la democracia ha ayudado a la estabilidad del país, gracias en parte a que los ministros de economía, a diferencia del resto de la clase política, siempre han sido especialistas en su ámbito. Otro factor estabilizador ha sido el sector bancario, que es propiedad de grupos mayoritariamente extranjeros, pero que está bien reglamentado.

Sin embargo, no es la situación de las arcas públicas lo que más debe preocupar al próximo gobierno, sea del signo que sea, en materia económica. Más urgente es, como también reconoce Wójcik, simplemente dejar a la gente hacer: „La regulaciones en los negocios son un problema, y eso lo dicen todas las estadísticas: las del Banco Mundial „Doing Business”, el Indice del Instituto Fraser,  el de Bertelsmann… muestran que el marco institucional en Polonia es malo y dificulta la actividad de los empresarios. Pero el problema es más amplio, porque prácticamente a cada paso hay barreras que impiden que los jóvenes tengan éxito en Polonia, en distintos lugares y profesiones. Se nota que hay un gran potencial de jóvenes, bien formados, dinámicos, abiertos al mundo, pero que tienen la sensación de que en Polonia no se puede llegar a nada trabajando honestamente”. Efectivamente, muchos de ellos alcanzan en el extranjero el éxito del que están privados en su país. Wójcik también señala que no menos importante en la estabilidad de los últimos años ha sido la fuerte emigración de jóvenes que, de haber permanecido como parados en el país en tiempos de crisis podrían haber supuesto un elemento de inestabilidad.

Todo esto es clave para comprender por qué todas las sondas muestran que el voto joven, que en las anteriores elecciones pertenecía mayoritariamente a la Plataforma Cívica, se decanta mayoritariamente por Ley y Justicia, cuando hasta hace bien poco incluso los votantes „de siempre” de este partido se avergonzaban de reconocerlo en las encuestas. La Fundación Republicana, „think tank cercano a LyJ, enumera trescientas ochenta profesiones que los jóvenes graduados no pueden practicar libremente una vez acabados sus estudios universitarios: eso supone casi tres veces más que la media en la Unión Europea. Se esperaba que un gobierno que se dice liberal hiciera más fácil la vida de los emprendedores. Estas dificultades son, en parte, relicto del comunismo, y en parte provienen de la debilidad de un Estado que a principio de los años noventa „compró” con privilegios de tipo diverso la lealtad de diferentes gremios y en ello radica la imposibilidad de acometer reformas de calado en la seguridad social, en el sistema judicial, en educación, en infrastructuras y en un interminable etcétera. Según la fundación, si el Estado se limitara a las restricciones que exige la UE, el PIB podría crecer un 14%.

No puede decirse que la Plataforma Cívica sea un partido liberal, ni de derechas, ni de izquierdas. Ni hablando en términos económicos ni en cuestiones sociales. Más bien es, como señala Lisicki, un clásico „partido del gobierno”: cuando necesita mostrarse amable a los votantes conservadores muestra al diputado cracoviano Jarosław Gowin, al que se ve cercano al cardenal Dziwisz, y cuando es necesaria „mano izquierda” aparecen personajes como la diputada Kidawa-Błońska con su proyecto liberalizador de la fecundación in-vitro; pero la imagen más difundida será siempre la de un primer-ministro Tusk sonriente y deportista y cuyas convicciones siguen siendo un misterio.

En materia de relaciones exteriores, el balance tampoco es positivo. Aunque de cara a la galería las relaciones con la Unión Europea y con la Federación Rusa han mejorado,el retroceso salta a la vista. Puede decirse que, sin duda, la imagen del país en el extranjero es mejor que durante el gobierno de „los gemelos”, que hay menos conflictos y que se aprecia la labor de algunos polacos, como Jerzy Buzek, en las instituciones europeas, pero poco más. El gobierno de Tusk no ha sido capaz de detener una inversión tan inquietante a medio y largo plazo como el gasoducto ruso-germano Nord Stream (calificada poco diplomáticamente en su día como un nuevo pacto Ribbentropp-Molotov por el ahora ministro de exteriores Radek Sikorski, que ocupaba el cargo de ministro de defensa en el gobierno de Kaczyński), ni ha encontrado remedio al „paquete climático”, que supone un serio problema para la industria nacional, ni está siendo capaz de enfrentarse al lobby ruso que trata de lograr que Bruselas ponga trabas a la búsqueda y posterior explotación de gas bitúmico, del que se supone existen importantes yacimientos en Polonia y podría en el futuro ayudar a diversificar las fuentes de energía de este país. Ha ocupado poco tiempo en la presente campaña electoral, ya que Ley y Justicia quiere evitar ser etiquetada de monotemática y conspiranoica, pero es claro que la humillación más dolorosa de los últimos años la sufrió el país entero al anunciarse los resultados de la investigación de la catástrofe del avión de Lech Kaczyński.

En este mar de oportunidades desaprovechadas quizá la peor herencia de este gobierno y del anterior sea esa fosa cada vez más profunda que divide al país. Tusk llegó a calificar el estilo de su gobierno como una „política del amor”, pero lo cierto es que, ayudado por la oposición, ha sembrado vientos que pueden convertirse en tempestadesen un futuro no muy lejano. La peor de las situaciones se daría si en el nuevo parlamento se encontrara y fuera neesario para una coalición el Movimiento de Janusz Palikot, ex-miembro de Plataforma Cívica cuya tarea en  consistía principalmente en cubrir los fallos del gobierno con apariciones escandalosas, incluyendo actos de carácter anticlerical o bromas de pésimo gusto sobre la catástrofe de Smoleńsk. Las últimas encuestas le daban más del 5% necesario para entrar en el Sejm polaco, e incluso un resultado superior al de los post-comunistas, pero posiblemente sobre las urnas los potenciales votantes de esta agrupación se den cuenta de que no conocen el apellido de ninguno de los miembros de la lista y prefieran votar al „malo conocido”, sin arriesgarse al „bueno por conocer”.

En esta antagonización de los ciudadanos los medios de comunicación desempeñan un papel principal, pero quizá la mayor responsabilidad recaiga sobre el más conocido en el extranjero: Gazeta Wyborcza. El que fuera diario de Solidaridad pasó en su momento a representar una opción progresista y sirve ahora de apoyo incondicional al actual gobierno. Cuenta con dos bazas importantes a su favor: la primera es el complejo de inferioridad frente a Europa de gran parte de la población polaca. La otra son figuras tales como el legendario disidente izquierdista Adam Michnik, ex-redactor jefe del diario y oráculo desde hace cuarenta años para los correponsales presentes en el país, o el oscareado cineasta Andrzej Wajda, cofundador del grupo mediático dueño de Wyborcza. „Es una forma totalmente instrumental de servirse de los medios occidentales. Se trata de controlar al votante polaco de corte liberal o progresista, de meterle miedo continuamente haciéndole ver a sus espaldas hay una turba de retrógrados”, opina Lisicki. La falta de argumentos para defender la labor del gobierno de Tusk queda bien patente en uno de los últimos artículos de Michnik, en el que lo único que se le ocurre aconsejar a los jóvenes que desean abandonar el país ante la falta de perspectivas -cosa que achaca, por su puesto, a un Kaczyński que lleva cuatro años en la oposición- es que antes de emigrar dejen su voto y bloqueen el regreso de Ley y Justicia al poder.

Con estos antecedentes, no es de extrañar que la visión que se tiene de Polonia en el extranjero esté ciega de un ojo, de lo que existen numerosos ejemplos: es fácil imaginarse la reacción de la prensa internacional si el primer asesinato político en la Polonia democrática hubiera sido perpetrado sobre un miembro de la Plataforma Cívica por un ex-miembro del partido de Kaczyński y no al revés, como ocurrió hace un año en Łódź, o las muestras de reprobación provenientes de toda Europa con las que se habría encontrado otro gobierno si un hombre llevado por la desesperación de encontrarse sin recursos económicos por culpa de irregularidades de instituciones estatales hubiera tratado de quemarse a lo bonzo delante del edificio del Cosejo de Ministros, como pasó hace dos semanas. Igual que da que pensar la reacción histérica de los principales diarios europeos a algunas de las propuestas del anterior gobierno: lo que en otros países se entiende como algo fundamental para la salud y transparencia de la democracia – como ocurre en Alemania, donde acaba de ser aprobada una enmienda a la ley sobre los archivos de la Stasi que alarga el proceso de lustración y amplía su ámbito de actuación-, en Polonia se convierte en un atentado a los derechos humanos. Hasta tal punto llegó la impunidad de la vieja guardia que uno de los mayores responsables de la infame ley marcial de 1981, el general Kiszczak, podía permitirse sin tapujos reírse en directo en un programa de la radio pública de que los polacos habían necesitado veinte años para bajar las jubilaciones de los antiguos miembros del aparato de seguridad comunista del índice máximo permitido por la ley.

En defensa de la prensa extranjera cabe decir que la crisis económica ha afectado muy especialmente a este gremio, por lo que los periodistas disponen de mucho menos tiempo y recursos y que los grandes medios tienden a alimentarse cada vez más de noticias braves provenientes de agencias generalistas, aunque sigue llamando la atención que no hayan advertido aún lo evidente: que el viejo revolucionario Michnik no ha evitado convertirse en reaccionario. Lo atestiguan ya no sólo sus discursos en defensa de los privilegios conservados del establishment comunista o de altos cargos, como Kiszczak o Jaruzelski, sino las demandas interpuestas por él o por su grupo mediático incluso contra catedráticos o poetas como Jarosław Rymkiewicz por artículos de opinión con los que se podría estar o no de acuerdo, pero que deberían ser rebatidos por la fuerza de los argumentos y no por el argumento de la fuerza.

Existe, por supuesto, otra cara de la moneda, pero su alcance es incomparablemente menor. La antena Radio Maryja, bastión de Ley y Justicia, además de alrededor de un noventa por ciento de programas estrictamente religiosos emite espacios de carácter político en los que en ocasiones se expone una visión quasi-maniquea de la política polaca y europea -principalmente por parte de los oyentes que tienen la oportunidad de exponer su opinión por teléfono. Sin embargo, su audiencia la constituyen mayoritariamente personas de más de sesenta y cinco años y carece de cualquier tipo de apoyo externo. Ateniéndose a los hechos, es difícil considerar esta antena como algo más que parte del folklore local, y se hacen necesarios auténticos equilibrismos erísticos para considerarla un peligro para la democracia. Podría decirse que es la voz, a veces populista, de aquellos que salieron peor parados de la transición polaca.

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