Juicio de un poeta

Las musas traicionaron al artista. No debió mentar la bicha y tiene lo que se merece. La situación, si uno no conoce los antecedentes, puede parecer paradójica: Adam Michnik, disidente legendario “por nuestra libertad y la vuestra”, lleva a juicio por medio del periódico que fundó, Gazeta Wyborcza, al viejo profesor Jaroslaw Rymkiewicz, traductor, dicho sea de paso, de Lorca y Calderón al polaco.

Nuestro escritor tuvo la infeliz ocurrencia de escribir que Wyborcza, antiguo diario de Solidaridad, es “heredera espiritual del Partido Comunista Polaco”. El léctor extranjero merece aquí una aclaración. El PCP no era el partido que gobernó Polonia en la era comunista. Aquel no llevaba, por orden de Moscú, el adjetivo “comunista” en el nombre: era el Partido Unificado Obrero Polaco. El PCP funcionó en el periodo de entreguerras: un grupo marginal y ferozmente anti-estatal, hasta el punto que se puso del lado rojo durante la guerra polaco-bolchevique cuando Lenin se propuso llegar hasta Berlin “pasando sobre el cadáver de la Polonia burguesa”, sin éxito, gracias a Dios y al mariscal Pilsudski, a los errores de Tukhachevsky y a la insubordinación de un Stalin que nunca olvidó la humillación sufrida.

Pero volvamos a Michnik: defensor de los pobres y oprimidos de fuera, experto en el uso abusivo del poder puertas adentro. Entiende digno de proceso que el poeta, que se considera a sí mismo agnóstico, opine que sus medios buscan avergonzar a los polacos, hacer que éstos abandonen la cruz. Sostiene Rymkiewicz que esto es el resultado de la formación que los periodistas de Gazeta Wyborcza recibieron en casa, pues los padres de algunos de ellos militaron en su momento en las filas de aquel partido antisistema. Sin ir más lejos, el padre del propio Michnik, Ozjasz Szechter, era uno de los jerifaltes del ilegal Partido Comunista de Ucrania Occidental, acérrimo partidario de anexionar esta región a la Unión Soviética y condenado en su momento por prueba de derribar el régimen estatal por medio de la fuerza. También es verdad que, años después, reconoció que su actividad política había sido negativa y que Marx estaba equivocado. Por su parte, su hermanastro Stefan, cruel juez durante la época del terror estaliniano, reside en Suecia no por capricho sino porque sus veredictos son considerados criminales y existe orden de detención sobre él en Polonia. Anecdótico es que el propio Michnik usó la comparación del PCP para… describir el partido de Jarosław Kaczyński, Ley y Justicia. Se ve que hay algunos más iguales que otros.

Pongo estas líneas al volver de una reunión en la que el conocido escritor Jan Tomasz Gross presenta el siguiente libro de su colección en el que pone a parir a media nación polaca, y aquí no pasa nada. En Wyborcza le reciben como a un héroe y quien ose llevarle la contraria se convierte automáticamente en antisemita. La obra en cuestión, “Cosecha dorada”, cuenta cómo los polacos buscaron “en masa” enriquecerse a costa de los judíos… ya muertos y enterrados. Me explayaré en su momento detenidamente sobre la obra en cuestión, pero dejo sólo el primero botón de muestra de la objetividad del autor: la fotografía de la cubierta, que sirve para meternos en el ambiente, representaba según Gross a unos campesinos detenidos por las fuerzas de seguridad por hurgar en los despojos de cadáveres de judíos cremados en Treblinka. Pues bien, todo parece indicar que era precísamente al revés: un grupo de gente de buena voluntad que se dedicaba a poner orden en un terreno en el que, debido a las lluvias y a los animales, huesos humanos de los asesinados salían a la superficie. Pero a Gross le dan unas palmaditas en la espalda.

Menos suerte tuvo en su momento Paweł Zyzak, el jovencito que osó dedicar su trabajo de fin de carrera a Lech Walesa. Al Nóbel no le gustó el trabajo, Gazeta Wyborcza puso el grito en el cielo, el propio Michnik se dedicó en público a burlarse impúdicamente del mocoso que derriba monumentos vivientes -lo cual tuve la mala suerte de escuchar en vivo,… ¿Y? Y curiosamente ninguna escuela se atrevió a dar trabajo al infame aprendiz de historiador, que fue a parar a un supermercado. Meses más tarde, gracias a unos amigos, consiguió escurrir el bulto de Polonia con una beca a EE.UU.

No todos en este país pueden expresar sus opiniones sin temor al día de mañana. Rymkiewicz puede no gustarme, pero querría oirle sin un bozal que le moleste, y pienso que en esta batalla Gazeta Wyborcza perderá mucho de su crédito. La voz de un bardo puede remover potentes cimientos.

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