Back to the CCCP… o casi

La revolución naranja de 2004 y los años siguientes se caracterizaron por el rápido paso de la euforia a la desilusión. Sin embargo, con todos sus defectos, hay que reconocer que la democracia ucraniana se caracterizaba por una libertad de opinión y de prensa envidiable. El actual presidente Yanúkovych y las instituciones a su servicio parecen dispuestos a que este logro pase definitivamente al pasado.

En los últimos meses somos testigos de intentos por parte de Yanúkovych y los servicios especiales de controlar la información que emiten los medios de comunicación y de limitar la libertad de opinión y enseñanza de las universidades.

El caso más sonado tuvo lugar en la Universidad Católica de Ucrania (UKU), en Lviv. A mediados de mayo, un oficial del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) trató de convencer al rector de esta institución, el p. Borys Gudziak, para que firmara una carta en la que se obligaba a cooperar con los servicios de vigilancia del Estado. El documento debía volver a la SBU y permanecer secreto. El rector -consciente de que podía ser utilizado en el futuro por la SBU con oscuras intenciones- no sólo se negó a firmarlo sino incluso a leerlo, e hizo público en la página web de la universidad un memorandum sobre la entrevista. Este lamentable incidente y también las amedrantadoras llamadas telefónicas a estudiantes de la UKU realizadas por funcionarios de la SBU tienen su génesis en la indignación que despertó la nominación del político ucrainófobo Dmytro Tabachnyk como nuevo ministro de Educación. Muchos universitarios de todo el país alzaron la voz, pero de forma oficial únicamente protestaron la UKU y la Universidad Nacional de Kyiv-Mohyla. Y aunque la portavoz del presidente, Hanna Herman, calificara el sucedido de “salvaje”, tanto estudiantes como empleados de la universidad siguen temiendo represiones, sobre todo después de poder escuchar cómo el jefe de la SBU, Valeryi Khoroshkovskyi, sostenía que detrás del comportamiento de los mandatarios de la UKU pueden esconderse fuerzas del extranjero interesadas en desestabilizar Ucrania y que usará todos los métodos disponibles para garantizar la seguridad del país.

La prensa tampoco está de enhorabuena. Por primera vez desde hace seis años, los periodistas se quejan de que funcionarios del Estado obstaculizan su trabajo. Además, algunos medios se ven en problemas no sólo por culpa de la brutal crisis económica que sigue azotando el país. Es el caso del canal 5 de televisión, quizá el último independiente de Ucrania, que puede perder sus frecuencias si un veredicto del 8 de junio se hace válido. Se beneficiaría de ello seguramente al grupo Inter, cuyo presidente no es ni más ni menos que… ¡el mismo jefe del Servicio de Seguridad de Ucrania -Valeryi Khoroshkovskyi!

Se han hecho ya especulaciones de todo tipo, pero aunque la situación sea seria, no parece que vaya a tomar un cariz dramático. El objetivo es más bien conseguir un control de la situación al estilo ruso, no un poder totalitario. Las actuaciones contra los adversarios políticos y contra centros de opinión no tendrán un carácter violento, sino más bien obstructivo. Podrán funcionar, pero de vez en cuando encontrarán incómodas trabas legales o provocaciones. En el caso de la universidad, lo decisivo no es su carácter católico, sino su independencia. Por ello parece fuera de lugar la reacción de quienes sostienen que el desarrollo de la Iglesia Católica de rito bizantino de Ucrania está amenazado.

No parece que a corto plazo nada ni nadie ponga coto a esta poco democrática forma de actuar. La oposición es débil, se encuentra dividida y carece del crédito  de una sociedad momentaneamente resignada y sin fuerza para reaccionar. Los problemas internos de Ucrania llegan en un momento en que Rusia ha vuelto de nuevo su mirada hacia la Unión Europea, y ésta no moverá un dedo para ayudar a un país que tiene problemas consigo mismo si esto pudiera acarrear problemas en su trato con el Kremlin. Mientras hace ademán de congraciarse con Polonia, el país europeo con el que los contactos eran más tensos, Rusia parece tiene manos libres para actuar en Ucrania a su antojo. La trágica muerte de Lech Kaczynski ha privado a Ucrania de su más ferviente defensor en la arena europea.

Desgraciadamente, Rusia se está sirviendo también en sus planes de la Iglesia Ortodoxa. Puede que algo cambien las tornas: en los últimos años, después de la revolución naranja, la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú parecía estar sacando conclusiones de las nefastas consecuencias de su descarado apoyo político a la opción rusófila. El profesor Yaroslav Hrytsak, decano de la facultad de humanidades de la Universidad Católica de Ucrania, sospechaba tras el fallecimiento del patriarca Alejo, que el apoyo de los obispos ucranianos al nuevo patriarca Cirilo podía estar condicionado por la exigencia de una mayor independencia, quizá incluso la autocefalía. SIn embargo, en su reciente visita pastoral a Ucrania, el patriarca no sólo ha empleado duras palabras contra las dos iglesias ortodoxas no canónicas presentes en Ucrania, cosa que podía esperarse, sino está dejando entrever que la Iglesia Ortodoxa Ucraniana podría ser incorporada a su patriarcado, o al menos eso sospechan en Kyiv.

No es que la independencia de Ucrania esté bajo signo de interrogación. Putin no tensará demasiado la cuerda porque la situación para Rusia es ahora la más cómoda de las posibles y con el menor gasto de fuerza. Por eso hay quien propone, como el famoso escritor Yuryi Andrujovych, que si alguna vez los “naranjas” vuelven al poder, deberían dar a las regiones de Dombas y Crimea la posibilidad de separarse de Ucrania, pues suponen un lastre que frena cualquier iniciativa nacional.

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