Archivo para junio 2010

Amigos para siempre…

junio 7, 2010

Polacos y rusos unidos, desde aquel fatídico instante,… Permítaseme ser algo escéptico. Poco se ha avanzado en la investigación de la catástrofe de Smolensk. Sabemos sólo y unicamente lo que los servicios rusos quieren que sepamos. ¿Cómo dudar de Putin? ¿De sus sentimientos y amistad hacia el pueblo polaco? Lo que yo no pongo en duda es que no van a dejar una ocasión como ésta para influír en los destinos de Varsovia. Y el gobierno de Tusk se lo ha puesto en bandeja.

De las cajas negras no sale demasiado a la luz, aparte de que no se puede confirmar que el presidente Kaczynski presionara a los pilotos para que aterrizaran, para desilusión de muchos, dicho sea de paso. Sigue borroso el papel de la torre de control (aunque llamar torre de control a esa barraquita es un eufemismo).

Lo que queda meridianamente claro es que de los servicios post-soviéticos mejor no fiarse del todo, y si no que se lo pregunten a la viuda de Andrzej Przewoznik, que pereció en el accidente: ya el mismísimo y fatídico 10 de abril utilizaron las tarjetas de crédito robadas del cadáver de su difunto marido. Ayer, según informaba el jefe de prensa del gobierno polaco, fueron detenidos tres oficiales antiterroristas por sustraer 6.000 zlotys (unos 1.400 euros) de la cuenta de Przewoznik.

Vencer el mal con el bien

junio 6, 2010

“En una dictadura, hijito, todos viven en el miedo, da igual si uno se llama Puskas o Farkas, si es volante izquierdo o general”. Así habla la madre de Peter Esterhazy en el último libro del famoso escritor húngaro, del que espero disfrutar en poco tiempo.

De ese miedo liberaba d. Jerzy Popieluszko, a quien el Santo Padre Benedicto XVI ha elevado a los altares por medio de su legado el abp Angelo Amato. Popieluszko fue brutalmente asesinado en 1984 por miembros de los servicios especiales de la Polonia comunista. El momento más conmovedor del día tuvo lugar cuando la madre del martir, Marianna Popieluszko, dirigió el rezo de una decena del Rosario, al final de la cual los ciento cincuenta mil  asistentes a la ceremonia rompieron en aplausos. El arzobispo de Varsovia, Kazimierz Nycz, también tuvo para ella unas palabras: “querida mamá de d. Jerzy, gracias por tu hijo, sacerdote y mártir”. Luego continuó: “Dios le dió la gracia de que en 1984 estuvo en el entierro de su hijo y frente a su tumba como frente a la cruz, y hoy se alegra con la gloria de su elevación a los altares”.

El capellán de Solidaridad en la región de Mazovia, se convirtió en objeto de persecución por parte del aparato de seguridad cuando comenzó a celebrar Misas por la Patria poco después de que el general Jaruzelski y sus compinches decretarala ley marcial el 13 de diciembre de 1981 con objeto de ahogar a la naciente “Solidaridad” y perpetuarse en el poder. Aunque para ser exacos, convendría decir que desde el momento en que ingresó al seminario de Varsovia, ya que todo candidato al sacerdocio era automáticamente objeto del “cuidado” de los servicios secretos. Llevó siempre con entereza las contradicciones que esto suponía, que no fueron pocas. Por ejemplo, conoció a la perfección las humillaciones y los calabozos durante los dos años de servicio militar, un tiempo en el que sus superiores trataron por todos los medios de que abandonara su vocación, por las buenas o por las malas. No cedió su espíritu, pero su salud física salió mal parada de la larga y dura prueba y no acabó nunca de recuperarse.

D. Jerzy no es un martir de la política, de hecho ni una sóla vez aparece en sus homilías la palabra “comunismo”. No, sólo quería devolver a sus ciudadanos la dignidad que les correspondía como hijos de Dios. Le preocupaba que el sistema imperante estuviera coartando sus conciencias, esclavizándoles y haciéndoles víctimas de la mentira y del miedo. Invitaba a todos a la paz y a evitar el revanchismo y el odio: su motto era “vence el mal con el bien”. Era una persona muy normal, un sacerdote que un día se encontró en el ojo del ciclón y sencillamente siguió siendo fiel a lo que creía. Nunca había llamado hasta aquel momento la atención por nada en especial, aparte de por ser una persona entregada a los demás, especialmente a los enfermos, y desde luego no fue él quien buscó una fama que fue agigantándose semana tras semana hasta que se hizo insoportable a los mandarines del régimen.

No era tampoco original en su predicación: usaba sobre todo textos del Evangelio, de Juan Pablo II y del primado Wyszynski. Tampoco se puede decir que fuera un gran orador. Fue unicamente fiel hasta el final a las misiones que se le iban encomendando, y eso era mucho: lo era todo.