Elegir un mito

Hace exactamente 70 años, los mandatarios soviéticos decidieron deshacerse de unos 20.000 prisioneros polacos con un tiro en la nuca. Fue un acto más en la larga serie de crímenes del comunismo, pero tiene mucho de excepcional. No por los números -unas gotitas de sangre si se compara con el Holodomor en Ucrania – pero sí por lo que se buscaba: aniquilar la inteligentsya de Polonia y quebrar así la columna vertebral a una nación entera (una nación con la que, por cierto, no se encontraban en estado de guerra). No estuvo sola la URSS en su empeño: el III Reich fue un “digno” competidor, a la vez que socio fiel hasta junio de 1941.



Durante décadas enteras de dominio comunista el tema fue un tabú, pero perduró en el imaginario colectivo. Más que del crimen en sí, hoy quería escribir sobre la memoria: sobre la memoria de un país, que pasa de padres a hijos y no por decreto. Si sigo creyendo que esta nación está llamada a hacer grandes cosas, a pesar de los estragos intelectuales que causan el consumismo y la papilla con que nos alimentan los mass-media, es por una cuestión de cabeza, de lo que hay dentro de ella, quiero decir. En muchos ambientes de Polonia, en muchas escuelas, en numerosas familias, en el scouting, sigue muy vivo el mito de la II República: un país que resurge después de 123 años desaparecido del mapa cuyos logros en sólo veintiún años de existencia son imponentes (también tuvo sus sombras, pero sobre éstas ya escribiré un año de estos). Un punto de referencia para muchos chicos de hoy es la generación de jóvenes que cayó entonces en las trincheras, la inteligentsya fue aniquilada en Katyń, o en el Levantamiento de Varsovia. No es cuestión de martirología o masoquismo, sino de enaltecimiento de quienes lo dieron todo por su patria.

No idealizo: ni todos son así, ni la mayoría, pero la “dosis” me parece muy alta si la comparamos con lo que ocurre en otros países de nuestro Viejo Continente o de otros, donde masas enteras de jóvenes parecen llevar sobre los hombros un globo que solo sirve para que no se caigan los auriculares. Cuando los únicos héroes son gente que no saben nada más que darle puntapiés a un balón, mal asunto (y lo dice un hincha, que conste). Cuando falta un norte, si un país es pobre, no saldrá de pobre. Y si es rico, los hijos se dedicarán a malgastar lo que sus padres ganaron.

Orden del jefe de la NKVD, Lavrentiy Beria, de fusilar sin juicio a los polacos presos en diversos campos de de Ucrania y Bielorrusia.

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