Entre la peste y el cólera

Hasta hace no mucho podía decirse con bastante razón que Kyiv era la capital de Ucrania y Lviv -o Leópolis- la de los ucranianos. En concreto, esta frase era actual hasta la revolución naranja que tuvo su epicentro en Kyiv, cuyos habitantes se lanzaron en masa a la calle para defender su joven democracia.

Cinco años después de los acontecimientos de la Plaza de la Independencia, todos, naranjas y blanquiazules, están desilusionados. Pero quizá Lviv está algo más triste que el resto del país. La elección que deberán hacer mañana, entre Yanúkovych y Tymoshenko, no hace aquí ninguna gracia.

“No son tan sólo unas elecciones sin elección” -comenta el prestigioso historiador ucraniano Yaroslav Hrytsak. “Cualquier casilla que tachemos, incluida la que pone “votar en contra de todos los candidatos”, es un fracaso”. En el Este tampoco existe predilección por Yanúkovych, pero es la opción ideológicamente más cercana y, por otro lado, esa zona del país, más industrializada, ha sufrido como ninguna otra los males de la terrible crisis financiera que azota el país, de lo que culpan a la primer ministro. En el Oeste, donde predomina la pequeña y mediana empresa, las necesidades de crédito son menores y las medidas para capear el temporal no han sido tan drásticas.

El estudio de la primera ronda electoral que aporta el centro analítico Razumkov muestra que los votantes de Yanúkovych y Tymoshenko son sobre todo gente mayor y sin estudios superiores, mujeres y hombres respectivamente. El politólogo Anatolyi Romaniuk explica que los jóvenes con formación y los empresarios han optado por candidatos nuevos como Arseniy Yatsenyuk u otros ya conocidos, pero con una trayectoria profesional exitosa fuera de la política, como es el caso de Serhiy Tihipko. Ninguno de los dos han hecho indicaciones a sus votantes para la segunda ronda, y ciertamente era su única opción razonable, porque tienen un electorado mucho más independiente. Tihipko incluso ha rechazado por el momento el sillón de jefe de gobierno que Tymoshenko le ofrecía. Tampoco extraña, pues la mayoría de la que goza en estos momentos el Bloque de Yuliya Tymoshenko es frágil, y Tihipko espera entrar con fuerza en el parlamento con su nueva fuerza política.

Omelyan, joven periodista leopolitano, habla claro: “no me gusta Tymoshenko, pero le votaré. No quiero tener un presidente del que avergonzarme”. Yanúkovych ciertamente tiene mala prensa en el Oeste del país. Por numerosos motivos: a los miedos que despiertan sus declaraciones en favor de que el ruso sea considerada segunda lengua oficial en toda Ucrania y al sentimiento de que en su ascenso al poder le acompaña una “banda” de sujetos poco recomendables se le une algo tan sencillo como su falta de cultura. En un encuentro en Lviv hace pocos días quiso tener un gesto amable y reconocer que es ahí donde nació la reserva genética de la nación: en vez de eso, dijo “reserva genocida”, y no fue un lapsus sino falta de vocabulario. O cómo en Odesa se refirió al gran “poeta” Anton Chejov. Algunos nuevos presidentes consiguieron aprender rápido, como Reagan. No parece que este sea el caso. La imagen que ha dejado al no presentarse al debate cara a cara que el primer canal estatal organizó hace unos días corroboran la imagen de político que huye de la confrontación de argumentos. Dice lo que le escriben. Pero es eficaz porque delega en otros compañeros de partido. Aún así, los temores de la zona occidental del país si vence parecen exagerados, pues el regreso del idioma ruso como oficial es un eslogan para sus votantes: no conseguirá una mayoría suficiente en el parlamento. Su partido puede contar como máximo con un 35% de votos en las próximas elecciones parlamentarias, que disminuirá si vence en las presidenciales debido al inevitable desgaste.

Con todo, puede que Yanúkovych sea la solución menos mala. El politólogo Anatolyi Romaniuk está de acuerdo con esta tesis de Hrytsak: “A Yanúkovych después de cuatro o cinco años nos lo quitaremos de encima. Yuliya Tymoshenko es mucho más astuta”. ¿Por qué ese temor? La primer ministro tiene buenas relaciones con los políticos occidentales, la apoya el Partido Popular Europeo. “Es una opinión artificial” -sostiene Romaniuk. Y afirma que la dama de hierro ucraniana es poco democrática dentro de su partido, además de que su programa populista pega poco con la política derechista de sus amistades europeas. Pero tiene mejor apariencia y sabe qué decir a cada público.

Esa falta de democracia interna en el Bloque de Yuliya Tymoshenko encuentra desgraciadamente reflejo en su forma de gobernar. Quizá la primera muestra de su tendencia al autoritarismo fuera la gestión de la guerra del gas del año pasado: después de anunciar que el acuerdo firmado por ella y Putin fue un éxito y que al aumento del precio de la materia prima le acompañaba una “rebaja”, durante cuatro meses no quiso mostrar el contenido de las negociaciones. Más costoso que el gas para la democracia ucraniana puede ser la voluntad de Tymoshenko de cambiar la Constitución para pasar a un régimen presidencial sin pasar por un referendum. Para ella, las elecciones son precisamente ese referendum. Una opinión alejada de la verdad, si tenemos en cuenta que los ucranianos en la primera ronda votaron a su candidato favorito, y en la segunda al que temen menos.

Ninguna opción parece buena, pero el miedo de hace cinco años es historia. No ha habido ni se prevén disturbios de ningún tipo.

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