Archivo para noviembre 2008

Independence Day

noviembre 13, 2008

Celebramos hace dos días en Polonia la fiesta de la independencia, lograda en 1918 tras 123 años fuera de los mapas de Europa. A primera vista la cuestión patriótica interesa más a los mayores, que parecen entenderla además de un modo más sentimental. A primera vista…

Sin embargo, para muchos jóvenes polacos la fiesta nacional no supone “un coñazo”, que diría cierto político español. Aunque aquí no faltan medios de comunicación que, bajo pretexto de modernidad y progreso que tildan “europeísta”, tratan de echar al baúl de los recuerdos la palabra Patria, como si supusiera un nacionalismo exclusivista, de momento la jugada tiene poco futuro.

Mientras tanto, los políticos a lo suyo, que es pegarse. Eso sí, esta vez tuvo Kaczyński, generalmente más antipático, más mano izquierda y quedó más elegante que el primer ministro Tusk, quien rechazó acudir a la gala que organizó el presidente. El que Wałęsa no estuviera invitado… En mi humilde opinión: no es de extrañar. Crea rechazo la tendencia del ex-presidente a ser la sal de todo guiso (que convierte luego en desaguisado). Siento decirlo, pero en lenguaje internauta sería un troll de primera. Los que ahora se quejan del “ultraje” son los mismos que hace un año todavía lo linchaban mediaticamente a la primera ocasión, y se da la coincidencia de que son también los mismos a los que la cuestión patriótica les importa bien poco. Parece que el plan de resucitar a Wałęsa cara a las elecciones presidenciales de dentro de dos años (por si Tusk pierde popularidad en este tiempo) va tomando forma.

Y para dar fe de que no soy el único que viene de fuera fascinado por Polonia y su historia, dejo un video de youtube de Sabaton, un grupo sueco que canta aquí sobre una batalla, la de Wizna, denominada “las termopilas polacas”. La versión con subtítulos polaco ha sido vista casi un millón y medio de veces. Dieron anteayer un concierto en Gdańsk, con mucho éxito. Musicalmente prefiero a Lao-Che, pero me parece una iniciativa muy digna de mención.

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Ucrania vista desde un congreso. Jornadas II y III

noviembre 2, 2008

Jornada II

El día siguiente a mi llegada a Kiev no tuvo mucha historia. Por supuesto, lo primerito que hice fue cambiar dinero en el centro. Luego, aparte de trabajar casi medio día en un ciber-café del céntrico Maydan Nezalezhnosti, pasé varias horas pateándome el distrito del Podil, no para ver monumentos, aunque sí me paraba a ver algunos de los que me encontraba de paso, como la preciosa iglesia de san Andrés, que da nombre a la pintoresca calle Andriyivsky Uzviz.

Sin que llegara a extrañarme, puedo decir que me llamaron la atención dos cosas: el mal estado exterior de bastantes edificios que luego por dentro tienen una apariencia bastante decente y la gran cantidad de coches todo-terreno de primera clase (y con cristales negros). Hubo también otra que me edificó: la fe que están poniendo los franciscanos en la construcción de un enorme convento en la margen izquierda del Dniepr. Asistí a Misa esa mañana, constituyendo mi persona el 33% de los fieles presentes.

Poco más de sí dió ese día, salvo un encuentro fortuito con un matrimonio de murcianos. Les oí hablando español andando por la callé y me acerqué a ellos. Me intrigaron algo, porque no venían de negocios y tampoco parecían ser los típicos turistas. Esto en Varsovia ya no suelo hacerlo porque tendría que pararme muchas veces al día. Me dejaron con la duda sobre el propósito de su viaje, pero estaba claro que no eran los típicos turistas. Nos despedimos y yo bajé al metro para regresar a mi hotel (y uno baja, baja, baja y sigue bajando por las escaleras mecánicas, porque estaba preparado como refugio antiatómico).

 

Jornada III

El hotel-cuartel general hispano se encuentra en el centro,  y el mío en el Levoberezhe, la margen izquierda del Dniepr, bastante lejos, pero en metro son sólo quince minutitos y una hryvna (0,15€). Merecía la pena la travesía si lo comparaba con los 395 € por noche del Radisson, en el que la organización nos había conseguido un descuentito (vamos, que en total me salía diez veces, diez, más barato). Lo de los hoteles en el centro de Kiev es un robo a mano armada.

Para empezar, un desayuno de trabajo durante el que el embajador español y los organizadores nos hicieron una pequeña introducción al mercado ucraniano (sobre todo en lo referido a construcción e inmobiliaria). Fue, claro, diplomático: “que, aunque los españoles llegamos tarde, aún hay muchas posibilidades de negocio”, que hay “cierta inseguridad legal”, y poco más.

Desde el hotel, rumbo a la Federación Ucraniana de Fútbol, que era donde teníamos las reuniones el primer día. ¡Bienvenidos al reino de Surkis! Por el nivel de las instalaciones se nota que el jefe es un magnate (para quien no esté al tanto, el multimillonario Surkis fue el que consiguió la Eurocopa 2012 para Polonia y Ucrania). Y más de lo mismo: el embajador “que los españoles queremos invertir aquí”; los de distintos ministerios ucranianos, “que sabemos que no es un país fácil, pero que estamos adaptando nuestras leyes y os esperamos con los brazos abiertos”, y bla, bla, bla.

A todo esto, me quité los auriculares de la traducción simultánea: por el acento, el intérprete debía ser cubano, y supongo que sería de los que dieron con sus huesos en la URSS en un intercambio de estudiantes de los viejos tiempos. Vaya por delante que el acento cubano me gusta mucho, pero para un traductor, más importante que conocer el otro idioma es el dominio del propio, cosa que no tenía lugar satisfactoriamente en este caso.

[Pequeño paréntesis lingüístico: todavía recuerdo perfectamente el primer manual de polaco que usé hace doce años: Hable usted polaco. Primera lección: “Este es Pedro. Pedro es de Cuba. Pedro es comunista”. Lección 2 ó 3: Pedro va a ver un amigo y éste le enseña su habitación. “Esta es mi habitación, ésta es mi radio, mi televisión,…” – “Egoísta. Esta es nuestra habitación, nuestra radio, nuestra televisión,…”. Y todo el libro así. Precioso, ¿verdad? Fin del paréntesis.]

Pequeño descansito para el café y pasó lo previsible: españoles a un lado y ucranianos a otro porque los traductores estaban reservados para los encuentros “bilaterales” del día siguiente. Por mi parte, decidí que de eso nada, que ya que me estoy gastando dinero en aprenderla hay que aprovechar cualquier oportunidad para usar la lengua rusa, aún a costa de maltratarla. Digo rusa porque en Kiev se puede usar sin problema. Más el oeste no lo aconsejo, incluso mejor utilizar el polaco si no se conoce el ucraniano. De todas formas, lo que puedo confirmar es que en Ucrania, igual que en Polonia, aprecian mucho que uno se esfuerce en hablar en su idioma porque son conscientes de que es tarea ardua.

Después del descanso, reunión en grupos temáticos. Y más de lo mismo: los unos “que querríamos que invirtierais y estamos adaptando nuestras leyes para facilitarlo”; los otros “que estaremos encantados de invertir”; todos “este es el comienzo de una hermosa amistad”. Empezaba a hartarme tanto parole, parole, parole. Menos mal que uno de los organizadores estuvo atento y nos hizo presentarnos a todos y explicar lo que andábamos buscando, pero incluso cuando me tocó el turno me contuve, en parte porque mi ruso básico no me permitía salirme mucho del esquema que tenía preparado. Por suerte estaba presente el dueño de un restaurante español en Kiev que lleva por esas tierras unos cuantos años de amarga experiencia burocrática. Nos contó su calvario y las dificultades que existen para montar un negocio honrado. Y cuando explicó que “para comprar un local por, digamos, 5 mln de dólares, hay que saber que otros dos millones tienen que pasar por debajo de la mesa”, entonces se hizo un silencio ensordecedor. A los demás españoles se les salían los ojos de sus órbitas. Curioso, los ucranianos, jóvenes en su mayor parte, no se ofendieron, incluso alguno sonrió. Noté una reacción de alivio, algo así como “menos mal que alguien lo ha dicho”. Hay que añadir que entonces nos referíamos a solares de propiedad del Estado. Con los privados es otra historia. En cualquier caso, la reunión se animó y se hizo mucho más concreta.

Vuelta en autobús al Radisson, paso relámpago por la catedral católica, cena en un bar de comida tártaro-crimeana y vuelta al hotel. Por supuesto, lo primero que hago al llegar es desconectar el teléfono de la habitación (me lo aconsejó un amigo: desgraciadamente, no es raro que llamen con propuestas, digamos, poco decentes).

Antes de dormir, me siento a planear el día siguiente, aunque de poco me iba a servir la preparación.