Archivo para julio 2008

La historia del Caballero Antek

julio 31, 2008

Viene bien de vez en cuando bajar a tierra, dejar por un momento de pensar en teorías y altas elucubraciones y fijarse en la vida misma, que siempre es más apasionante.

Este artículo lo he tomado de la página la página web del Opus Dei, aunque también podía haber hablado directamente con Marcin, que acaba de terminar un libro sobre Antek que se publicará en breve. No llegué a dar clase a este pequeño gran hombre, entonces ya estaba demasiado enfermo y no podía venir al cole.

“Mamá, ¿me voy a morir?”, preguntaba Antek. La enfermedad y el dolor de un niño pequeño es un interrogante de difícil respuesta. Antek, de cinco años, le encontró un sentido. Esta es su historia.

Antek con 5 años, en su casa de Varsovia

Antek con 5 años, en su casa de Varsovia

Nadie quiere que estas cosas ocurran, pero ocurren. Durante las vacaciones de verano, al “Caballero Antek” le dolió el estómago y se le quitaron las ganas de jugar con sus hermanas Marysia y Róża. Se quedaba en la cama y lloraba.

Sus padres le llevaron a urgencias, donde con una inyección le calmaron los dolores. “No le gustó nada -explica Dorota, su madre-, pero le alivió el dolor del estómago. Pensamos que sería algo puntual, pero cada vez volvíamos con más frecuencia al hospital”.

Cuando terminaron las vacaciones, Antek comenzó a ir al colegio. Pronto se ganó a todos los profesores y compañeros, con su alegría y educación. Siempre jugaba a ser un caballero andante, y se comportaba como tal.

La familia de Antek vive en Varsovia (Polonia), donde los niños van a un colegio obra corporativa del Opus Dei. En su familia y en el colegio rezaban por la salud de Antek. Algo no iba bien. El niño, en cambio, rezaba por otras muchas cosas, más o menos serias: por la paz en el mundo, por sus hermanas, por su equipo de fútbol…

Finalmente, los médicos se decidieron a operarle de apendicitis. Parecía la solución, pero sólo fue el inicio de ataques más fuertes de dolor de estómago.

– ¿Por qué tengo que estar en el hospital? –preguntaba Antek- ¿Por qué estoy enfermo?

Su madre, que no tenía muchas razones que darle, intentó explicarlo así:

– Hijo mío, si Jesús te mirase y te preguntara: “Antek, ¿me ayudas con la Cruz?”. Tú, ¿que le dirías?

– Pues…. bueno, que sí.

– Pues te lo está preguntando ahora.

Un sacerdote amigo de los padres de Antek fue a visitar al niño. Habló con él y le regaló un crucifijo pequeño, de madera. Desde entonces, Antek lo llevó siempre en la mano cuando le iban hacer una prueba o cuando le llevaban a la sala de operaciones.

Las enfermeras veían que el niño se acercaba la mano a la boca y le oían susurrar: “Jesús, confío en ti”.

Antek con sus padres, Sebastián y Dorota.

Antek con sus padres, Sebastián y Dorota.

El día que les iban a confirmar la diagnosis definitiva, Dorota cuenta que se dirigió al despacho del médico lentamente, al paso de una mujer el noveno mes del embarazo. “Es un cáncer –les dijo el doctor a los padres-. Mañana empezamos con quimioterapia”.

El Caballero Antek se enfrentó con valentía y muy pocas fuerzas a este temido dragón. Sin pelo, con vómitos y débil, preguntó:

– Mamá, pero ¿qué me pasa?

La madre le dijo la verdad:

– Tienes una enfermedad que se llama cáncer. Los médicos van a intentar curarte, pero tienes que saber que a veces no lo consiguen.

– O sea, que me puedo morir.

– Bueno… como todos, como papá, como yo… Pero solo Dios sabe en qué orden.

El niño no añadió nada. Sólo se giró, tomó de la mesa su crucifijo y susurró otra vez: “Jesús, confío en ti”.

Antek recibió quimioterapia.

Antek recibió quimioterapia.

– “Mi hijo se está muriendo. ¿Podría usted rezar por él? “

Rezó e hizo rezar. Quería presentar a Dios “toneladas de oración”.

Antek luchó mucho contra el cáncer. Algunos días estaba fuerte y corría por todo el hospital como un rayo, revolucionándolo todo. Otros, sólo tenía fuerzas para ver la tele.

Y maduraba rápido. Cada vez con más frecuencia, preguntaba a su madre sobre la muerte, el Cielo, el porqué del sufrimiento.

– Mamá, ¿qué se hace en el cielo?

– Juega, corres con la bici, te diviertes con Dios…

La madre asegura ahora que las “toneladas de oración” dieron a Antek un descanso antes del final. Durante unos días, se encontró perfectamente, corría de aquí para allá, paseaba, había recuperado la felicidad…

Pero los médicos sabían que el cáncer seguía creciendo, cada vez más rápido, y aconsejaron a los padres que lo llevaran a casa, donde se encontraría más tranquilo durante sus últimos días. Allí, recayó de nuevo.

Antek disfrutó del ambiente familiar. Desde su cama veía a su madre preparar la cena, a sus hermanas hacer los deberes, a su padre leyéndole un cuento.

Un día llamó a su hermana Róża, con quien a veces peleaba:

– Róża –le dijo-, eres tan bonita y tan buena. Yo te quiero, acuérdate.

En otra ocasión, su padre le dijo llorando:

– Hijo mío, si pudiera, moriría por ti.

El chico sonrió con dificultad y le respondió:

– Pero soy yo quien va a morir por ti.

Antek tenía 6 años y 9 meses.

Murió poco después a las siete de la mañana. En su tumba, un amigo dejó escrito: “Gracias Antek: nos enseñaste a aceptar el dolor que llega sin saber porqué. A sostenernos con la fe. A aceptar la voluntad de Dios y confiar en Él”.

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Acabemos con “Bolek” de una vez

julio 27, 2008

A veces vale la pena no precipitarse. Mejor callar y que por un momento piensen que eres ignorante a hablar y confirmarlo. Por eso he preferido leer con calma Lech Wałęsa. Przyczynek do biografii (Lech Wałęsa. Un aporte a la biografía), el libro al que hace unas se ha dedicado un sinfín de desvariados artículo antes de que nadie, ni siquiera en Polonia, pudiera echarle una ojeada porque no había sido publicado. La verdad es que la discusión ha amainado desde que el libro se puso en venta: punto por punto caen todos los argumentos que se utilizaron para desacreditarlo.

En resumen, el libro demuestra algo que en Polonia era archisabido desde hacía años: que Lech Wałęsa fue colaborador secreto (tajny współpracownik) del Servicio de Seguridad de la Polonia comunista entre los años 1970-76. Los autores aportan pruebas de ello, entre las que se encuentran informes sobre compañeros suyos de los astilleros. Wałęsa fue cada vez menos obediente a las fuerzas de seguridad hasta que cortó definitivamente con ellas. Luego, cuando su actividad fue haciéndose más opuesta al régimen,  la policía secreta volvió a interesarse por él: primero para tratar de recuperarle, y cuando no pudieron, como objetivo a perseguir. Gontarczyk y Cenckiewicz analizan el modo en que la SB trató de crear conflictos internos en Solidaridad y de servirse de los que ya existían, usando por ejemplo los papeles de Wałęsa para descreditarle. La jugada no salió bien. Más adelante vieron en otras personas (los Gwiazda, Kuroń y otros) un enemigo peor y creyeron que con Wałęsa al frente del movimiento tendrían más posibilidades de ganar la partida: gracias a Dios, no tuvieron buen olfato. Otro punto importante, del que desgraciadamente Wałęsa no sale limpio, son los años 90, en los que, abusando de su posición de presidente de la República, robó de los archivos estatales documentos que le concernían. A pesar de sus intentos no consiguió eliminar los rastros de su colaboración con el régimen en sus años jóvenes.

Después de esta introducción, y para ser claro desde el principio, lo peor de esos artículos que criticaban el libro en la prensa Occidental a finales del pasado junio, como por ejemplo De la memoria a la infamia, de Hermann Tertsch en ABC, no es el más absoluto desconocimiento de la forma de funcionar de la policía secreta comunista y de la realidad polaca desde 1990 – algo perfectamente comprensible en cualquiera que viva a más de cien metros al oeste del Oder – sino la condena a priori, sin pruebas y sin testigos de los historiadores Cenckiewicz y Gontarczyk (porque los periodistas de Gazeta Wyborcza, principal defensor de Wałęsa en esta ocasión, tampoco habían podido por esas fechas siquiera ojear la publicación) y la comparación de su libro con los métodos de la policía estalinista. Discúlpenme, esto sí es una infamia.

Se usa también como definición de la obra la palabra linchamiento. Encuentro la acepción muy desacertada. En primer lugar porque a Wałęsa no se le ha caído un pelo (ni física, ni económica ni moralmente hablando). Wałęsa sigue saliendo del libro como héroe de Solidaridad. Si acaso, linchamiento puede ser el que se lleva propiciándose el propio ex-presidente polaco desde 1990 con sus actuaciones y declaraciones: egocéntricas, ambiguas y contradictorias. ¿Cómo explicar que una vez dice “nunca vi mis papeles”, luego “vi mis papeles, pero eran fotocopias” y más adelante publica parte de esos “papeles” en internet? ¿Cómo se entiende que a partir de 1990 se rodeara de los mismísimos oficiales que le vigilaron durante toda la década anterior? ¿Cómo interpretar la sustracción ilegal de los documentos acerca de “Bolek”, que era el pseudónimo del agente con el que se le identificaba?

Esto viene también a cuento de otro de los reproches de Tertsch a la investigación de las actas comunistas: que los propios agentes se inventaban colaboradores y pagos por prestigio y dinero. Y cuenta cómo en su libro “Cita en Varsovia” dos agentes de la KGB timan a sus superiores para pagarse estancias en Occidente. Vayamos por partes: en Polonia esta práctica tuvo lugar cuando el comunismo agonizaba, no en los años 70, en los que “Bolek” fue agente. En cualquier caso un historiador con un mínimo de dotes (y Gontarczyk y Cenckiewicz ya han demostrado de sobra que las tienen) puede identificar perfectamente un documento falso de otro verdadero: basta con conocer bien la praxis y los métodos de oficina de la policía secreta. Sobre este tema dejo un par de interrogantes, algunos claramente retóricos. ¿Habría durado el sistema comunista en Polonia cuarenta y cinco años de haber tenido un aparato de represión tan negligente como Tertsch sugiere? De puertas afuera la policía secreta se servía de falsedades a efectos de propaganda y con fines operacionales, pero ¿de qué le servirían documentos falsos en su uso interno? Aún así ¿de verdad no sabe lo que arriesgaba un funcionario que quisiera engañar a sus jefes? Sigamos: es conocido que la Służba Bezpieczenstwa (SB) destruyó toneladas de documentos antes de dejar el poder (y después también) pero ¿no sabe que en numerosísimas ocasiones antes de quemar esos papeles les hacían copias de “uso privado” para poder chantajear a sus antiguos colaboradores en el futuro? Si tan poco fiables son los documentos de la SB polaca ¿qué le parecerá que el Instituto Gauck alemán se haya gastado una fortuna en un programa de computación que servirá para recomponer toneladas de legajos de documentos que funcionarios de la Stasi quisieron destruir? Y por último ¿no es curioso que Adam Michnik, antiguo disidente y ex-redactor jefe de Wyborcza, le echara en cara a Walesa el episodio de “Bolek” cuando estaban en pie de guerra (y lo han estado durante diecisiete años) y ahora, cuando le conviene, se haya convertido en su más fiel defensor?

Algunos dicen que la SB se habría buscado un cooperador “poco fiable”: el que sería líder de Solidaridad. Bien, cuando se le “fichó”, en 1970, Lech Walesa no era nadie. Cuando escapó de las garras de los comunistas, en 1976, seguía siendo nadie. La SB podía ser perversamente inteligente, pero el don de profecía escapaba a sus posibilidades. Luego, al cabo de algunos años la SB tendría agentes en Solidaridad. ¿Cómo no iba a tener a chivatos en un movimiento que llegó a tener diez millones de personas si disponía de casi cien mil colaboradores por aquel entonces? Lo grandioso es que el movimiento venció a pesar de eso. Walesa se escurrió a la SB. Eso era posible, aunque a veces exigía heroicidad, como en este caso, o como en muchos otros, como en los que describe d. Tadeusz Isakowicz-Zaleski en su libro Los sacerdotes frente a las fuerzas de seguridad (Księża wobec bezpieki, desgraciadamente no está en castellano).

Queda bien claro en el libro que la grandeza de Wałęsa reside también en que no se dejó chantajear, a sabiendas de que la SB disponía de papeles que le descreditaban, en un momento en el que además arriesgaba más que años atrás, pues su familia había crecido. Gontarczyk y Cenckiewicz no le echan en cara que firmara en 1970 – cosa que el propio Walesa llegó a admitir. Hay que tener en cuenta que hacía bien poco acababan de asesinar a compañeros de los astilleros. En cualquier caso, las pruebas de la colaboración de Walesa entre 1970 y 1976 son irrefutables: en toda la región de Pomerania sólo había cuatro agentes “Bolek” (y no 54, como decía el ex-presidente para hacer creer que los documentos eran poco fiables). De esos cuatro, sólo uno vivía en Gdansk y trabajaba en los astilleros y la información que traspasó a la SB era extraordinariamente precisa. Alguien que, como Tertsch, escribe un libro sobre los servicios secretos comunistas debería saber también que no es sencillo hacer desaparecer las huellas de la colaboración de una persona: no basta con quemar la carpeta de un colaborador secreto, porque hay copias de sus informes en otras carpetas, como en las dedicadas a una operación de vigilancia de una persona o de una organización, …

No, Lech Walesa sale peor parado de los años 90, cuando se rodeó de tipos sospechosos y permitió la quema en masa de los archivos y tomó medidas tan vergonzosas que ha pasado a la historia entre votantes de derecha el dicho “soy de los que votó a Wałęsa pero rezó para que ganara Kwasniewski”. Escribió una de sus peores cartas en 1992, cuando sirvió de apoyo a los que derrocaron el gobierno de Olszewski que se disponía (entre otras cosas) a informar sobre quién, en el Parlamento y en altos cargos  estatales, había estado al servicio del aparato de seguridad.

Desde 1990 no había aparecido ni una sola publicación científica seria sobre Lech Wałęsa. Esta es la primera. Tampoco hay nada acerca del funcionamiento de Solidaridad (especialmente en Pomerania). El Instituto de Memoria Nacional se encontraba cada vez que examinaba el tema con “Bolek”. Había que finalizar el asunto para poder seguir adelante con otras investigaciones. Pero si hablamos de los fines comerciales del libro, no parece que Cenckiewicz y Gontarczyk lo hayan escrito para hacerse millonarios. No es una lectura fácil, no es periodismo literario sino un trabajo de investigación histórica y la primera edición era de tan sólo cuatro mil ejemplares, quizá por miedo a que funcionara la censura. En cualquier caso, el escándalo (y en gran parte el éxito) del libro se debe única y exclusivamente a Michnik y a sus acólitos. Alegan también que “no podemos tirar piedras al mito de Solidaridad”. A lo que muchos responden, y me uno a ellos, siguiendo al clásico polaco Józef Mackiewicz: “sólo la verdad es interesante”.