Esto sí es una frontera (y III)

Esta vez la partimos de la ciudad en la que resido actualmente: Varsovia, y más concretamente desde Praga, que así se llama la ribera derecha del Vístula a su paso por la capital de Polonia. Sin exagerar demasiado, puede afirmarse que es allí donde comienza Asia, o por lo menos comenzaba hasta que la ya ex-ministra coordinadora del Euro 2012 decidió que el nuevo Estadio Nacional se alzará en el lugar en el que hoy se encuentra el Estadio del Decenio, un complejo deportivo en ruinas alrededor del cual se extendía uno de los mayores bazares de Europa con zonas bastante bien definidas para vendedores de Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Vietnam,… Uno allí podía encontrarlo todo, absolutamente de todo: desde caviar hasta drogas, pasando por CD piratas, alcohol de contrabando, tráfico de armas (incluyendo uzi israelíes, MP-5 alemanes, o lanzagranadas rusos). Según la empresa que lo administraba la facturación era de unos 500 millones de zlotys (unos 130 mln EUR), pero fuentes policiales dan una cifra 24 veces mayor.

¿Por qué doy tantas vueltas? Porque mi viaje comienza allí precisamente, en la estación de autobuses Varsovia-Estadio una noche de verano, pasadas ya unas cuantas horas desde de que el bazar se fuera a descansar de su febril actividad dejando tras de sí quintales de basura y un edor insoportable. Tenía previsto ir en tren, pero a los nervios del reisefeber se unieron mil pequeños detalles que arreglar en unas pocas horas y ya en el autobús urbano que me llevaba a la estacion de ferrocarril me di cuenta de que iba sin equipaje, por lo que me vi forzado a alterar mis planes, que se hicieron desde luego mas exóticos.

El vehículo en el que me monté era ucraniano, al igual que la inmensa mayoría de los pasajeros, excepción hecha de mí, de un estudiante aventurero polaco con destino Moldavia y de un par de personas mas. En el trayecto nocturno apenas dormí, pero no ocurrió nada que merezca la pena contar, sólo la frontera mostró otra vez su cara menos amistosa y nos detuvo casi cuatro horas, esta vez en Rawa Ruska.

Hago aqui un pequeño inciso. Me ha pasado a veces ya que, charlando con españoles, les parece que soy bastante pro-americano (por lo menos mas que la media hispana) y algo anti-ruso. En lo referente a este ultimo punto, puedo decir que no me desagradaba la politica de los gemelos Kaczyński hacia Rusia, no me parece que los conflictos hayan sido provocados desde Varsovia. De lo que estoy seguro es de que Rusia no respeta a quien no se respeta a si mismo. No creo que mi caso sea una cuestion contagiosa, causada por la larga estancia en Polonia, aunque cierto es que cuanto mas cerca esta uno de Moscú la perspectiva va cambiando. Sea como fuere, si me viera obligado a elegir imperio, lo tendria muy pero que muy claro. Uno de los elementos por los que juzgo si un pais me merece respeto o no es la forma que tiene de tratar a sus propios ciudadanos, y si alguien tiene dudas de como se comportaba la Union Soviética con sus habitantes no tiene mas que pasarse por los lugares que describo: los trataba como a ganado, sencilla y llanamente. Eso es lo que he visto cada vez que he entrado y salido de Ucrania.

Llegado a Lviv tomé una marshrutka rumbo a Skole, pequeña ciudad de los Cárpatos ucranianos. Su ubicación es maravillosa, un valle flanqueado por montes bajos de espeso verde: no en vano fue cuna de los deportes de invierno de la Polonia de entreguerras. Lástima que la arquitectura destroce la grata impresión que uno podría llevarse. Pasé allí dos días con estudiantes polacos que venían a un trabajo de voluntariado. Al tercer día les acompañé a Lviv y pude permitirme ya el lujo de guiarles por el centro.

En Lviv me despedí de mis compañeros. En mis planes estaba llegar hasta Kiev, pero antes debía arreglar un par de asuntos en Przemyśl, del lado polaco. Como el autocar tambien era ucraniano, me temia una revision exhaustiva (larga tirando a muy larga) por parte de los aduaneros de la zona polaca, pero en absoluto me esperaba una parada de ocho horas. Al dia siguiente los amigos que me esperaban del otro lado me contaron que no muchos días atrás un dispositivo anti-corrupción había detenido a varios agentes de aduanas polacos por permitir el paso de contrabando a gran escala, con camiones llenos (en lo que va de año son ya varias decenas los arrestados). Así que los nuevos funcionarios o bien iban con mucho cuidado para no hacer nada mal, o bien practicaban una “huelga a la italiana” trabajando con una lentitud insultante para hacer la vida imposible a todo el mundo y conseguir así que no les desmontaran el chiringuito.

Llegue a Przemyśl a las cinco de la mañana, en vez de a las once de la noche y con bastante cansancio encima, por lo que decidi buscar una Misa dominical lo mas pronto posible, pues existía el riesgo de no despertarme hasta el dia siguiente si me echaba a descansar en casa de mis amigos. La encontré bien pronto: a las seis de la mañana y con la iglesia llena hasta la bandera. Mayormente eran peregrinos que iban a un importante santuario de la región. TJP, “to jest Polska” (en cristiano: “esto es Polonia”).

Esa misma noche monté en el tren Przemyśl-Kiev. Mi billete no era de primera, que digamos (de hecho, en ese tren no habia). Viajaria en plantskarta, un vagon en el que no hay compartimentos propiamente dichos, mas bien boxes, como en algunas oficinas, con literas de tres pisos que por lo general no son suficientemente largas, asi que si uno va por el pasillo, mejor que tenga cuidado para no tropezar. El viaje nocturno fue largo, de catorce horas, pero tranquilo.

maydan niezalezhnosti

Por fin, Kiev. Llegada apoteosica, y ya sabia yo que iba a ocurrir, pero no me quedaba remedio: tenia una cita a la media hora de desembarcar y aun no conocia la ciudad, ni siquiera tenia mapa encima (ay, las prisas). Lo habéis adivinado: me monté en un taxi. El resto es facilmente imaginable: el timo fue de espanto. Casi lo evito, pero acentué mal el nombre de la calle y el “buen hombre” se dio cuenta de que no era indígena. Unos cuantos ingenuos más y tendría para vivir todo un mes. Sobra decir que el resto de mis movimientos por la ciudad los hice en metro, en marshrutka o a pie.

Ese día comí en un local al aire libre en el Maydan Niezalezhnosti, la Plaza de la Independencia, en el que servían platos típicos de Crimea. Más o menos pegaba tanto como ir a Galicia para tomarse un gazpacho andaluz, pero a Sebastopol no tengo pensado ir pronto y ademas la comida de la Ucrania central no se diferencia excesivamente de la polaca y prefería probar algo nuevo (uno de los principios que me guiaban era el “cero McDonalds”). Tomé asiento al lado de un simpático americano que llevaba en Ucrania varios días de turismo y que me contó cómo le habían parado en la calle dos policías para pedirle sus documentos. Al contestarles que había dejado el pasaporte en el hotel, visiblemente alegrados, le dijeron que debia acompañarles a comisaría: el juego consiste en meter al extranjero un poco de miedo para luego dejarle ir a cambio de dinero. El yanqui, aunque calvo, no tenía un pelo de tonto y no se dejó amilanar: “pues vale, vamos a comisaria”. Después de unos segundos de deliberar le dejaron en paz. Yo, por mi parte, decidí que no tenia ganas de dar ocasión a este tipo de encuentros y opté por camuflarme: oculté lo mejor que pude la típica sonrisa de despreocupación del turista (que se hace casi insolente en el caso de los americanos: no me extraña que le pararan). Esto de las caras largas es también legado del comunismo.

Lavra

Poco reseñable ocurrió en Kiev ese día y el siguiente. Estuve bastante ocupado, pero me quedó tiempo para ver la maravillosa Lavra y para deambular un buen rato por el centro de la ciudad. La noche la pasaría de nuevo en el tren: volvía ya a Polonia con escala de varias horas en Lviv. Y desde alli, otra vez en autobús ucraniano rumbo a Varsovia y otra vez transcurrio la “plácida” noche en la frontera: siete horas, si mal no recuerdo. No quiero ni imaginar lo que debe ser aquello en invierno, y menos ahora, en epoca de experimentos, porque Polonia entra a finales de diciembre en Schengen.

Bueno, por fin: “hogar, dulce hogar”. Me gusta Ucrania, pero su caos va para largo.

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