Esto sí es una frontera (II)

Dejé el post anterior en el momento en que subí a la marshrutka. No entraré aquí en divagaciones filológicas y trataré de definírla de modo gráfico: es una furgoneta o mini-bus cuyo tamaño puede variar, en la que caben teóricamente unas quince o veinte personas, aunque la práctica generalizada consigue que en el interior del vehículo se estruja el doble de pasajeros. Su aspecto es por lo general destartalado. ¡Ah! Antes he dicho que entran personas, pero uno no debe extrañarse de que vayan acompañadas de simpáticos animalitos de corral. Aunque eso ocurre más bien en las rutas interurbanas. Las marshrutka tienen un recorrido fijo, pero no paradas propiamente dichas, sólo los usuarios frecuentes saben donde se detienen, aunque también se las puede parar en cualquier lugar. Lo más importante: son muy baratas. La primera vez que monté en una, en la frontera de Sheginy, el trayecto de unos setenta kilómetros me salió por diez hryvnas (unos dos euros).

marshrutka.jpg

Pero sigamos con el viaje. Nada más entrar en Ucrania me llamaron la atención dos cosas: las pésimas carreteras y el endiablado modo de conducir de los habitantes del país. La señalización brilla por su ausencia y el cumplimiento de las más elementales normas de tráfico, también. Si uno se fija un poco más, descubre la ley del más fuerte: en los cruces tiene prioridad el mejor coche, especialmente si es un mercedes negro con cristales opacos: mejor no pisarle el callo a un pez gordo, por si las moscas.

LLegué al cabo de casi dos horas a Lviv, en ucraniano, o Lwów, en polaco (pronúnciese Lvuf), o Leópolis en versión latina. Pero es totalmente inaceptable “Lvov”, en ruso. Me explico: esta zona de Ucrania formó parte de la URSS de 1939 a 1991 (con un periodo de ocupación nazi de 1941 a 1944), y nunca fue rusa: perteció con anterioridad a Polonia (1918-1939), a la Galitzia austro-húngara (1772-1918), antes a Polonia (1340-1772). y en un primer momento a los príncipes de Rus. La región donde se encuentra se convirtió en el siglo XIX en la cuna del nacionalismo ucraniano.

En esta primera vez pasé en Lviv sólo un par de horas porque tenía que regresar a Cracovia esa misma noche. Tiempo escaso y con tormenta veraniega incluida, pero suficiente para darme una vuelta por el casco antiguo y confirmarme en que merecía la pena traerme al nutrido grupo de hispanos y a los pocos polacos que los acompañaban. El idioma no sería problema, nos bastaría con el polaco y rudimentos de ruso (aunque mejor no abusar de este idioma, por si acaso).

Así pues, a los pocos días nos personamos en la frontera en dos furgonetas alquiladas y con conductores expertos. No hubo grandes problemas para el cruce y en dos horitas y media de nada ya estábamos del otro lado. Durante el camino me fui enterando de cosas interesantes. Por ejemplo, el conductor me fue mostrando los imponentes chalets que se estaban edificando los agentes de aduanas ucranianos. Llamaban la atención entre la pobreza generalizada del paisaje. Viaje de ida sin incidencias. Dimos rápidamente con el guía que nos consiguieron unos amigos antes de salir de Polonia. El centro de Lviv, como supuse, encantó a los visitantes. Los precios ucranianos igualmente. También les hacía ilusión hacerse fotos debajo de letreros en cirílico. Los sacerdotes que venían con el grupo se emocionaron al poder celebrar en la catedral católica de rito latino de Lviv (única iglesia católica en Ucrania donde no se interrumpió el culto durante el comunismo, por cierto).

Vista de la ópera de Lviv

Sí, fue un acierto venir. Sólo que algo a mí, con la insensibilidad propia de quien ha visto demasiados ejemplos de lo que es la arquitectura comunista, se me pasó por alto que antes de llegar al casco antiguó atravesamos barrios no tan representativos: “es como España hace cuarenta años”, decían los pocos que habían pasado de esa edad.

La vuelta duró algo más: tres horas y media parados en la dichosa frontera más dos horas de viaje. Y como suponía, la vista del contrabando al por mayor impresionó a mis compañeros de viaje más que todo lo que habíamos podido admirar unas horas antes, que la hermosa plaza del mercado, el impresionante edificio de la ópera, la catedral armenia, … Un autobús alemán hizo una extraña maniobra de adelantamiento donde ya en teoría no se permite y alguien me explicó que, al parecer, habían pagado 100 dólares para “aligerar” las cuestines administrativas y cruzar rapidito. Algo antes, los que iban en la otra furgoneta se habían llevado un susto mayor: en un momento del camino un soldado les hizo detenerse y, tras cambiar unas palabras con el conductor, entró en el vehículo y se hizo llevar hasta la frontera. Al llevar matrículas polacas sabía que íban hacia allá. Si no le hubieran dejado entrar, la cosa habría acabado mal. Pero si por algún casual, no sé, si por ejemplo se hubieran pasado de velocidad y un policía les paraba, al ver al militar les habría dejado seguir.

Esto es Ucrania, pero aún seguiré contando.

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7 comentarios en “Esto sí es una frontera (II)”


  1. te puse un link en mi blog!
    gracias!
    queremos más: la continuación de la historia!


  2. una pregunta: tienes contador de visitas en tu blog?

  3. Higinio J. Paterna Sánchez Says:

    Gracias por el entusiasmo. Me quedan todavía algunas cosas que contar (fueron cuatro entradas y salidas de Ucrania), lo que falta es tiempo para escribir…

    En cuanto a lo del contador. Haberlo hay, pero no es que los números sean una maravilla del mundo.


  4. cuando tengas tiempo… pero los esperamos!

    y se puede ver los números del contador?

    saludos!


  5. Higinio! te dio un premio, pasa a recogerlo…


  6. Yo también sigo a la espera de más…


  7. […] parecer, si se conocen los medios de comunicación locales. Ya puse algo en su día sobre la marshrutka. Si a uno no le importa no viajar en primera y hacerse al folklore de la tierra a cambio de viajar […]


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