Sin brujas en Polonia

Cuando llegué a Polonia allá por 1996 rapidamente descubrí cierta asimetría: mientras que mis compañeros universitarios polacos poseían conocimientos generales acerca de España, los españoles acerca de Europa del Este sólo nos sabíamos un par de clichés para salir del paso: Juan Pablo II, Wałęsa, vodka y para de contar. Quizá alguno más avispado había oído hablar del levantamiento del guetto judío durante la II Guerra Mundial.

Esta desproporción va cambiando lentamente gracias a la creciente marea de hispanos que llega aquí en lineas de bajo coste, y que serán mayor si Luis Aragonés dimite un año de estos y nos clasificamos al Euro 2012.

Pero mientras tanto estamos como estamos: mal. Y además la sensación es de que no basta con desconocer la historia propia gracias a la LOGSE, sino que hay que meterse en la ajena. Esto es lícito si se tiene conocimiento de causa, pero no es el caso. Se nota enormemente la improvisación a la hora de hablar de Europa del Este, tanto por los comentarios en la prensa española como por la actuación de los políticos. Lamento decir que la sección internacional de ABC también me ha decepcionado ultimamente, a pesar de que sé bien que cuenta con grandes profesionales.

La imagen que se presenta de Polonia es la de un país sombrío en el que tiene lugar una caza de brujas, con un gobierno obsesionado por algo que se acabó “hace ya 17 años”. ABC se escandaliza de que una ley exija a periodistas y profesores universitarios “confesarse” sobre su pasado en el comunismo.

Esta ley “atenta contra la dignidad humana”, dicen. Bueno, por un lado ningún polaco se queja de que en la embajada americana atentan contra su dignidad, y mira que que uno puede ruborizarse leyendo lo que les preguntan en el formulario de visación. Ya más en serio, es evidente que la ley de “lustración” puede mejorar bastantes aspectos técnicos, pero lo que realmente atenta contra la dignidad humana es presentar la colaboración con el sistema comunista como algo sin importancia. Pasó con los periodistas Maleszka, Toeplitz y Passent (este último también fue más adelante embajador en Chile), pasó con el arzobispo Wielgus y con el sacerdote Czajkowski, sólo por poner los ejemplos más conocidos. El esquema está siendo siempre el mismo: primero manifiestan con aspavientos su indignación; mas tarde aparecen papeles comprometedores, pero niegan completamente que hubieran colaborado; ante la avalancha de pruebas dicen luego “mantuve conversaciones con los servicios de seguridad, pero sólo para que me dieran el pasaporte” o alguna una excusa parecida; cuando no les queda remedio que rendirse a la evidencia, queda un “fui confidente, pero no perjudiqué a nadie”. Y al final resulta que fueron colaboracionistas durante años o decenios.

He visto compasión contra los confidentes que fueron “víctimas del sistema”, pero no he leído ninguna mención a los que sufrieron las consecuencias del colaboracionismo: echados del trabajo, o de la universidad, o sin posibilidad de encontrar vivienda digna, o un largo etcétera, … o asesinados. El sistema comunista se basó en el poder militar para implantarse en Polonia, y luego se mantuvo a base de miedo, de un servicio de vigilancia que controlaba la vida pública y privada de sus ciudadanos gracias también a la colaboración de chivatos. El historiador del Instituto de la Memoria Nacional Henryk Głębocki calcula de los archivos de SB en Cracovia que el 96% de los confidentes allí registrados se decidieron a colaborar por provecho material, ascensos, facilidades para viajar al extranjero … Así se formó gran parte de la élite intelectual de la Polonia de hoy. ¿Quiénes fueron las víctimas? ¿No sería más correcto decir que los perdedores fueron los traicionados por sus propios amigos y compañeros?

La lustración es un proceso natural. Lo anormal es que tenga que ser ahora cuando se juzga asuntos de “hace ya 17 años”. Ningún país protestó por la depuración en la República Checa o en la República Democrática Alemana. Pero en Polonia no pudo ser, y eso fue así porque antiguos disidentes cambiaron de frente y prefirieron ver un enemigo mayor en los anticomunistas que en los ex-comunistas. El propio Lech Wałęsa, “personaje tan poco sospechoso” para Miguel Torres, trató de apadrinar a la Służba Bezpieczeństwa, el antiguo servicio de seguridad. Y todo parece indicar que se sirvió de él para destrozar el partido Porozumienie Centrum de los Kaczyński, quienes poco antes habían abandonado su Cancillería tras una agria disputa. Muy democrático. “Soy de los que votaron a Wałęsa, pero rezaron para que ganara Kwaśniewski”, es un dicho muy popular que muestra hasta que punto el ganador del Nobel ha dejado de ser autoridad en Polonia. Que cierre la discusión con un “el presidente Kaczyński es un imbécil” no es precisamente un argumento de mérito, ni dice mucho de él mismo.

Siguiendo con el mítico líder de Solidaridad, Wałęsa acaba de declarar que no está bien que se juzgue ahora al general Jaruzelski, el de las gafas negras, el que impuso la ley marcial en Polonia. Porque eso es lo que probáblemente ocurra, y estoy seguro de que defensores de la “dignidad humana” pondrán el grito en el cielo y acudirán en defensa del pobre anciano. No soy amigo de las analogías, pero como en España pocos comprenden qué supuso para Polonia el comunismo usaré un ejemplo más cercano: si por una casualidad de la vida el teniente coronel Tejero hubiera escapado a la justicia en 1982 ahora habría que juzgarlo, sin duda. Y eso teniendo en cuenta que su golpe de estado fue cosa de horas y que no hubo muertos ni heridos, aunque sí asustados. Pues bien, Jaruzelski declaró la guerra a su propia nación y esta situación se mantuvo más de un año, sí hubo víctimas mortales, y heridos, y encarcelados. Y a pesar de que él sigue sosteniendo que lo hizo para evitar un ataque soviético hay pruebas más que suficientes de que fue él quien rogó a Breznev que interviniera, sin conseguirlo.

Para terminar, doy otro dato interesante que proviene de un informe elaborado por el Ministerio del Interior de Polonia en 1999 sobre el crimen organizado: hasta el 80% de los cabecillas del mundo criminal polaco fueron durante el comunismo informadores o confidentes de los servicios especiales. La lustración en Polonia no es sólo cosa del pasado, tiene consecuencias más que prácticas: la corrupción de la que tanto se quejan empresarios españoles en Polonia tiene también aquí su origen. No sólo aquí, pero aquí también.

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One Comment en “Sin brujas en Polonia”

  1. Daniel Says:

    Hola, Cracovia (www.krakow2007.com) muy fantastico!


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